El
pensamiento político de Juan Ramón está profundamente enraizado en el
krausismo, movimiento filosófico en el que había bebido a comienzos del siglo a
través de su admirado maestro Francisco Giner de los Ríos y otros personajes de
la intelectualidad madrileña. El
krausismo español es, en realidad, una variante del republicanismo de finales
del siglo XIX que pretendía reformar y renovar España a través de un programa que incluía:
·
La construcción de un Estado de Derecho
que garantizara a todos los ciudadanos el desarrollo de sus potencialidades y
capacidades, defendiendo posiciones intermedias entre el individualismo
liberal y el socialismo.
·
La educación como palanca para el
progreso, modernización y perfeccionamiento moral de la sociedad española.
·
La secularización de la sociedad, abogando
por una religiosidad panteísta y espiritualista.
Todos estos aspectos recorren la ética juanrramoniana y están muy visibles
en su obra, en su búsqueda de todo lo noble y puro, en el cultivo espiritual,
la acción encaminada exclusivamente por medio del amor y el altruismo
desinteresado, el respeto a la naturaleza y al patrimonio artístico, a la
cultura en suma, tal y como se inculcaba a los alumnos en la Institución Libre
de Enseñanza en la idea de formar personas moralmente íntegras, libres, dignas
y responsables.
Su firme apuesta por la educación del pueblo, su crítica a la miseria
material y espiritual en las que se le mantenía, su gusto por la naturaleza y
el respeto por todo lo vivo se cimenta igualmente en el contacto con los
intelectuales de la Institución Libre de Enseñanza, y es bajo el influjo
general de los krausistas donde hay que situar el compromiso de Juan Ramón con
el pacifismo, el higienismo, la cultura y la naturaleza. Así, de la mano de
ellos conocerá las Sierras de Guadarrama, paisaje que el poeta verterá en el
libro Pastorales, fruto de las
excursiones y paseos a las que le aficionan sus amigos por la acción curativa
que defendían tiene el contacto con la naturaleza; y como conciencia de ellos se escribe Platero y yo, tan celebrado por Francisco Giner y Manuel Bartolomé
Cossío, personajes ambos que ayudan a Juan Ramón a reelaborar su gusto por lo
popular (muy presente en capítulos como La
Cruz de Mayo, El Rocío, Corpus, etcétera), frente a lo plebeyo, es decir,
el gusto por lo auténtico incontaminado aún por el cosmopolitismo (en la línea
de las tesis de Ruskin, Thoreau o William Morris, cuya influencia, por cierto,
es patente en el diseño de la portada de Platero
y yo), esa aristocracia natural y a la intemperie que, para Juan Ramón, se
hallaba en lo que quedaba en cada persona de pueblo, lo natural y sencillo,
justo y delicado, común patrimonio ideal que había que elevar a base de cultivo
y belleza.
“Las
expresiones poéticas más bellamente delicadas se las he oído a hombres toscos
del campo, y con nadie he gozado más hablando que con ellos o sus mujeres o sus
hijos… Todos hemos nacido del pueblo, de la naturaleza, y todos llevamos dentro
esa gran poesía original, paradisíaca, que es natural unión, nuestro comunismo…
Levantando la poesía del pueblo se habrá diseminado la mejor semilla social
política”.[1]
Si el krausismo fracasó como programa político fue porque estaba muy alejado de la realidad española, así como por su carácter elitista, idealista y paternalista que defendía el que una élite intelectual fuera quien protagonizara la tarea de mejorar al pueblo para sacarlo de su atraso. Es por esto que las ideas krausistas en España no permearon más allá de algunos elementos de la burguesía liberal y la escuálida clase media española, y tuvieron siempre en contra a la Iglesia católica, al tradicionalismo y el conservadurismo por un lado y, de otro, el programa mucho más revolucionario y radical de las izquierdas al que se entregó el proletariado. La confrontación de estos dos extremos durante la Guerra Civil pondrá fin a esta corriente política y filosófica.
En: Antonio Orihuela. Juan Ramón Jiménez, el ojo no visto del mundo. Ed. Amargord, 2017
No hay comentarios:
Publicar un comentario