documentos de pensamiento radical

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lunes, 29 de octubre de 2018

EL NIDO DE LA PALABRA (I)



Aquel gigante siamés volvía todas las mañanas a las cuatro y veinte de la tarde. No le conocíamos pero todos sabíamos que era de tela nacarada y que tenía una loca en su bolsillo. Abrimos el paraguas y nos dirigimos a la entrada de la entrada donde nunca podíamos entrar porque estaba cerrada por la noche. La lluvia carmesí nos favorecía bastante, pero las piernas de lagarto nos ocupaban mucho lugar, sin embargo las lobotomías estaban muy baratas, casi reventaban de alegría. Nunca podíamos comer oscuros, porque eran muy grandes y con sabor a barco. Las pisadas eran huecas por la cabeza, no así la calvicie viciada que nos enajenaba la moral como si fuéramos secretarías parietales. Los obispos dormían de cintura para abajo, porque el resto estaba avispado continuamente. Éramos grises por vergüenza; nuestras madres, amedrentadas por los tubérculos ocultos en la molicie de la taberna, nos hacían pasas con güelfo para tomar ensaimada. Las ventanas giraban por todas partes menos por la central que estaba hueca y alisada como los moños de la Virgen de la Paciencia. ¡Ahueca, ahueca, que vienen las alas a ponerte morado por los cordones!, gritaba yo como poseso por no haber podido pisar la frente de los hospitales invernales. El humo cansino se filtraba por los posavasos de las mesas de ausencia, las gárgolas ahuyentaban la malicia de las cornisas aventadas; por lo demás todo estaba en su sitio menos el propio sitio que siempre andaba dando rodeos para comer palomas ramplonas que tuvieran prólogos bienaventurados.


Manel Costa & Curro Canavese. El nido de la palabra. Ed. Sporting Club Russafa.

2 comentarios:

  1. Amanece. Los pedestales en su lugar, los artefactos a plena potencia, las cifras a granel, las chirriantes fanfarrias a todo fuelle. Todo en orden: recuento.
    En marcha. Anticipado rumor sepia…
    Todo sucedió ahora…
    Son las manos las que se derraman en el puñado de arena. Pero ¡ánimo!, ¡ánimo!, todo puede atomizarse aún más. De una sola nimiedad es posible obtener un sin fin de nimiedades, todas ellas únicas, portentosas nimiedades que, convenientemente dispuestas, pueden originar un formidable aspaviento, desde luego.
    Sin embargo, es evidente que incluso esta operación, aparentemente sencilla, requiere organizar un complejo dispositivo redundante; no es fácil simular la conquista de ese trozo… Eso deja su huella, claro está, ¿cómo no iba a dejarla si precede a la memoria, si asalta e invade con tan inapelable contundencia? Es la materia misma de la tan estimada jaula.

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  2. Sin duda, sin duda... gracias por tu reflexión!!

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