documentos de pensamiento radical

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sábado, 12 de marzo de 2016

CARMEN DE LA AMARGURA

Imagen de Eugeny Agashin-Carmen

CARMEN DE LA AMARGURA

LA NOCHE disuelve
 nuestras cópulas peligrosas.
Deposito una ofrenda de leche en tu seno derecho. Las palabras apenas son memoria ni consuelo, pero más tarde, seguro, habrá algún verso, algún verbo para la hora del silencio. Entonces la verdad ya no será verdad: tan versátil como vidrio candente.
 ¿Qué amor (im)posible en un cuerpo calcáreo? Tan lejos del mar, ¿quién ama sin recordar las olas implacables? Avanzas con la ropa mojada dentro del dolor. Tus labios difusos hieren la piel sin perfume. Sobre las aristas de nuestra amargura la conciencia se adelanta y deposita su sedimento.


© Santiago Aguaded Landero
12-3-2015, inédito.


Hace un mes escaso se ha publicado el libro "De Absentia Carmina" de SAL. He aquí un poema inédito que no se incluyó en el libro. En él hay reminiscencias de Eugenio de Nora (vease sus Carmina en el libro "días y sueños" y de René Char)


Poema XVII de LAS HORAS Y LOS LABIOS




El tiempo pasa con lentitud incandescente. Una costra de silencio envuelve al día, a la mirada con que aprehendo lo caído. O no: es un ruido como el de la ceniza al abrirse, como el de un vientre ofreciéndose a la oscuridad, como el de flores matemáticas y ciegas. Es un ruido incoloro como este ruido de gaviotas que percibo tras los cristales, en lo grueso del azul, y que penetra en mí, y recorre mis bóvedas, y me somete a su sedosa explosión. Las cosas se afirman, desaparecen en su estricto fluir. Y el tiempo se introduce en el rotulador y en los informes, y veo escrita una frase alelada, y la frase me asfixia como una soga, y la encaro con paciencia, persuadido de que la ignorancia no muda, como no muda esta luz deshojada que delimita mi soledad.
Después, la impaciencia del viento en la ventana y los cláxones agrios y la red cansada que arrastra tetra-briks y melancolía, infidelidades y arquitectura, debilidad y luz. He de resolver esta ecuación, que me transmite su palidez, que despliega su noche meticulosa. La ecuación conduce, de nuevo, al silencio, o viene de él, donde somos fulgor sin infancia, saliva muerta. Oigo entonces otras frases, también yertas, que lucen sus colores vacíos, que chisporrotean entre mamparas igualmente negadas, y el estrépito se enturbia como el fuego.
El calor esmerila el aire. El cielo, sin embargo, luce un azul frío, y lo extiende, con lengüetazos poderosos, hasta los últimos rincones del espacio. Ahora otro cielo me impregna. Otras palabras: turgentes, elípticas, rompiéndose. Repudio la ecuación. Repudio el significado de esta resonancia, la inercia de los interruptores y de los párpados. Repudio lo que me alimenta, lo que carece de fisuras, fruto del padre descendido, de lo diurno y el error. Palabras: en el aire desnudo de caminos, en el pábilo de la inteligencia, en la mano que sostiene una sombra central; palabras que articulan su álgebra delicada. Vienen algunas, no sé de dónde (o sí: del rumor con que se aparece lo ignorado): “el tiempo pasa con lentitud incandescente”, y me sujeto a ellas como a una mariposa inflexible, mientras, en efecto, siento al tiempo pasar con lentitud incandescente, y todas las hebras de esa única realidad convergen en un instante de escucha y creación.
Luego llegan más, en tropel lentísimo, como hiedra que inquiere: “Una costra de silencio envuelve al día, a la mirada con que aprehendo lo caído”. Y digo lo que he dicho, lo que es polícromo y penetrante, lo que nace del ciprés y de la ambulancia, lo que traspasa la piel como un aletazo ansioso, lo que ve. Sigo diciendo: “O no: es un ruido como el de la ceniza al abrirse”, y, sí, se abre la ceniza, se abre otro suelo, más ardiente, bajo mis pies. Y sigo diciendo, puliendo la espiral que acaso se perpetúe en noche, abrazando el cristal y el alquitrán.
Como el de un vientre ofreciéndose a la oscuridad, como el de flores matemáticas y ciegas”.

De las palabras, mías, vuelo a otro despacho, aunque permanezca en éste. El tiempo se acelera: se extingue. Vivo en el silencio como en una ciudad de palabras.


Eduardo Moga. Las horas y los labios. DVD ediciones, 2003
Fotografía de Paco Naranjo

viernes, 11 de marzo de 2016

dos fragmentos de EL DESIERTO VERDE de EDUARDO MOGA




el paisaje es una lenta masticación de piedra. Salgo a la calle y veo sus claroscuros diamantinos extenderse por los muros de la iglesia, por los castaños que se mecen a su puerta, por el silencio. Cuando el camino termina, la piedra se descabala, se insubordina como un fluido, estalla en aglomeraciones laxas, en filamentos exasperados. La piedra es una marejada silícea, que se amansa en los sembrados y se geometriza en las casas, tras conocer todas las manifestaciones de la efervescencia: la lujuria domesticada de los campos de labor y la vehemencia agraz de lo infértil; los meandros con que los ríos penetran en lo impenetrable y el oasis alborotado de los peñascos. Un tumulto equivalente zarandea al pueblo: los ajimeces parten la mirada; las dovelas espumean en blasones; un edificio municipal, descascarillado como una mala dentadura, interrumpe la floración del granito. Y, coronando el hervor, el vuelo inmóvil de los cirros. La piedra entra en mí: irradia una luz coriácea, que me conduce al interior muelle de la materia. Nado en la piedra, que me cubre como una mano, y advierto intersecciones cartilaginosas, cicatrices que me besan, depósitos en los que convergen mis flemas y mis equivocaciones. ¿Este hombre que pasa a mi lado, con su gorra campera y su bastón, ve la misma piedra que yo, las mismas nubes desarraigadas, el mismo azul devastado por el sol y las avispas? ¿Siente, como yo, su rayo de penumbra, su serpenteante quietud? ¿Oye en la piedra el eco llameante de su reblandecerse? Mis venas son las venas de la piedra, por las que circula una linfa negra, un rumor de oro; también lo es mi piel, tintada por un viento como una gumía. La piedra se mueve; yo permanezco. Las sombras que segrega me iluminan.


...//...


el tiempo se derrama con lentitud, esgrimiendo grises eléctricos, agrietándose como lo increado, sombra de lluvia, lluvia detenida. El tiempo se derrama y yo respiro, sin oír nada, sin sentir nada, abismado en este instante incomprensible. La respiración es un ancla silenciosa a cuyo alrededor se extiende la bahía del ser. El tiempo me sepulta, pero sus losas son aéreas. Para expulsarlo, hay que dejarse inundar por él; para evitar su aliento cáustico, sus tentáculos de ceniza, hay que dirigirse a su centro y desgarrarlo con los dientes, sin romper nada, sin aspirar a nada. La liberación del tiempo consiste en abrazar el tiempo, sin moverse, sin amar, experimentando solo la laceración de su saliva, el olvido al que induce, la plenitud de lo que se corrompe, de lo que no conoce otro sostén que el vuelo. La ola que arriba al cuerpo desde todos los vértices de esta esfera en la que me deshago, es la misma que arrasa cuanto veo. Sigo en la cama, pero una dehesa que se deshace en azules remotos [dispuestos en franjas sucesivas, cada vez más pálidas, como en las acuarelas chinas] vierte su espacio, moteado de luna y alcornoques, en los ojos. También el espacio se expande, hurga en las opacidades del cuerpo, se aferra a los huesos como a travesaños de sombra. Su dilatación se alimenta de mi quietud. Las encinas rodean los espinazos de roca como columnas de hormigas que esquivaran una lata vacía. Un sol imprevisible mancha de oro el muro de la torre, embarazado de líquenes, y luego lo abrasa de rosa. La misma tizne se despliega en la pared que veo desde la cama, y en las charcas que interrumpen, como esmeraldas pochas, la soledad densa de los campos, y en un cielo que, desapareciendo, se hace más hondo, más entero. La bola se desnuda en el horizonte. En sus límites de fuego se imprime una pirámide. Los ojos callan, asombrados de existir, devastados por la existencia. Y una música desconocida, compuesta por todos los ruidos del mundo, azota el lugar, que cruzo sin saber nada, sin querer nada, solo atento al erguirse del tiempo, y a su descomposición.




Eduardo Moga. El desierto verde. ERE. 2012
Fotografía de Juan Sánchez Amoros

jueves, 10 de marzo de 2016

ADOPTO EL LENGUAJE



Adopto el lenguaje
protocolar, hipócrita, grandilocuente necesario
para retrasar mi partida.

Escribo cartas
con ruegos y súplicas ilustrísimas
que agujerean el papel.

Inicio un vía crucis de funcionarios ineptos,
mordiéndome el insulto a cada paso
para no hacerles perder la compostura.

Desoriento el calendario.
Reorganizo la cartografía.
Me ato a tus sábanas.

Espero.
Espero.
Espero
siempre una respuesta
en la que confirmen que tus ojos
no van a dejar
de devorarme

ni un solo día.       


Yolanda Ortiz. Manotazos en el aire. Ed. Baile del Sol, 2016

miércoles, 9 de marzo de 2016

MIRO

                          




                                            A Ramón
Miro
con ojos alucinados
cómo su cuerpo enorme cabe
en ese agujero.

Escucho
el ruido de la tapa al caer
sobre su amor desaforado por la vida,

por los vasos largos,
por las noches llenas
y las comidas y las mujeres siempre
abundantes e inadecuadas.

Imagino su temblor, el llanto
de su cuerpo muerto, el miedo
a pasar esta noche sólo
y me repito

cómo tanto gozo cupo
en una caja

diminuta.


Yolanda Ortiz. Manotazos en el aire. Ed. Baile del Sol, 2016

martes, 8 de marzo de 2016

ALGO ESTÁ VIVO EN EL INTERIOR DE UNA BOLSA DE BASURA



Algo está vivo en el interior de una bolsa de basura.
Se mueve. La contemplo.
Unos obreros ven
mi mirada llena de horror,
me descubren
las ganas de pedirles ayuda.
Continúan trabajando.

Un niño se detiene
y ansioso, con curiosidad,
dice:
la bolsa se mueve”.

Su madre pasa
¡Vamos, llegamos tarde!”
deprisa, de largo, sin mirar
Alguien habrá tirado eso vivo
¡Vamos!”.

El niño se queda a mi lado,
como si sólo él, yo y la bolsa
estuviéramos en esta calle,
y con una amplia sonrisa
dice:
¿La vas a abrir?
¿Tú quieres tener uno de esos?”

Le respondo paralizada,
como si sólo él, yo y la bolsa
estuviéramos en esta calle:
Me da miedo abrirla.”

Él me deja su sonrisa,
el giro de su cuerpo pequeño
y se marcha.

Paralizada.
Mi corazón late deprisa,
la bolsa se mueve, frente a mis ojos,
cada vez
más
despacio.
Uno de esos, su corazón
paralizado. Y yo
me limpio el grito en el poema.
Me queda ya
poco aire en la bolsa.


Yolanda Ortiz. Manotazos en el aire. Ed. Baile del Sol, 2016

lunes, 7 de marzo de 2016

2 poemas de MANOTAZOS EN EL AIRE de YOLANDA ORTIZ



Viorica Balenescu I

somos un clan
un grupo
una comunidad
acabamos de llegar y estamos
dispuestos
a sobrevivir
a costa de lo que sea.

ocupan la acera
con sus cuerpos curvados por el peso del hambre
su rabia manchando
balcones, farolas, la mirada de los niños
como una marea negra
que crece
que crece
cansados
de tanta vida escupen
hoy
por un trozo más.

Andrei, un acordeón.
Nedelcu, un arma escondida entre jirones.
Raluca, vieja y enferma, boca podrida que desprende
un hedor insoportable.
[Clava sus uñas en el corazón del transeúnte y se aproxima
despacio
hacia  su rostro].
Radu, el más joven, los labios prominentes y el cerebro tibio
como un pájaro enfermo.

Viorica Balanescu
es hermosa
con toda la intemperie posada sobre su piel
reseca y encallecida,
con su pelo rubio
recogido en un moño que deja limpia
una frente hambrienta de besos.

Siempre camina muy cerca de un hombre
tendiéndole una trampa a cada paso.
Su falda barata dibuja
la silueta perfecta de su culo.
Su boca,
con una gota de saliva prendida de la comisura, oscila
entre la lascivia y la espera, sus ojos
azules son
la boca de un pozo
al que me da pánico asomarme.

A veces se postra
con sus palmas extendidas,
una sonrisa oculta en el pecho y el asco,
ante supermercados e iglesias, a las puertas
de nuestra piedad infinita.

Los hombres miran su belleza sucia
derramada por el suelo y desearían
meterle la polla
muy despacio
en la boca
y agitarla
de su pelo rubio hasta correrse.

En su lengua permanece el sabor del semen y sonríe, sabe
que su rencor es más ácido, tan duro
que los haría vomitar
si lo hundiera en sus bocas.



Viorica Balenescu II

Sus ojos son
la boca de un pozo
al que me da pánico asomarme
oscuro
oscuro y profundo,
con agua pestilente en el fondo:

siete
siete veces me violaron
la primera
a los 12 años
fue mi padre

la segunda a los 15
fue uno de los vecinos con los que vivíamos
apiñados
promiscuos
sucios
se metió bajo mi manta
me tapó la boca
me folló por el culo

el resto
clientes

cuántas
cuántas veces he bajado la cabeza
he devorado el pedazo de mierda que os sobraba
me he mordido los labios hasta hacerlos reventar
he caminado
con una soledad inmensa en el vientre
cuántos
cuántos fetos
he abandonado en basureros urinarios públicos
cuántos cuerpos muertos he visto
feliz

feliz de que no fuera el mío 



Yolanda Ortiz. Manotazos en el aire. Ed. Baile del Sol, 2016