documentos de pensamiento radical

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martes, 16 de mayo de 2017

¿DE DÓNDE TANTA CEGUERA?




Los problemas exigen soluciones sólo cuando se presentan como amenazas, sugiere Harald Welzer en ese libro imprescindible que es Guerras climáticas.[1] Y aunque “en las próximas décadas muchas sociedades entrarán en un colapso determinado por el clima”, el psicólogo social alemán advierte también que “nadie cree realmente que eso vaya a suceder”.[2] De alguna manera, no nos creemos lo que sabemos. ¿De dónde tanta ceguera? Creo que una explicación adecuada –necesariamente multicausal— debe discurrir en tres planos:
A) Dinámicas estructurales. La dependencia estructural de todo el orden socioeconómico presente con respecto al crecimiento económico condiciona gravosamente las alternativas. A la postre, es la dinámica capitalista de acumulación de capital y valorización del valor, junto con la idoneidad de la matriz energética fosilista para esos fines, lo que explica el abismo climático ante el cual la humanidad se halla situada en el siglo XXI (el Siglo de la Gran Prueba).[3]
B)  Intereses creados. Existen poderosos grupos de interés –comenzando por las grandes compañías energéticas y automovilísticas-- que luchan por mantener a toda costa el statu quo –para lo cual no dudan un instante en desacreditar a la ciencia y difundir desinformación de forma masiva. La coordinada actuación de los lobbies capitalistas nos ha hecho perder tres preciosas décadas en la lucha contra el cambio climático.[4] Aquí hay que mencionar también la externalización y alejamiento de muchos síntomas de la degradación (con todo un conjunto de estrategias de “barrer debajo de la alfombra” que ponen en práctica los poderes dominantes).
C)  Dificultades psicológicas. Así, por ejemplo, la dificultad de reaccionar adecuadamente ante procesos graduales (esto remite a los fenómenos de la “rana dentro de la olla” que se va calentando despacito, y a los “puntos de referencia cambiantes”). El psicólogo de Harvard Daniel Gilbert identifica cuatro grandes dificultades psicológicas que explican parcialmente la pasividad e inacción con que (no) abordamos el calentamiento climático –y, más por extenso, la crisis socioecológica mundial--.



[1] Harald Welzer, Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI, Katz, Buenos Aires/ Madrid 2011.
[2] Harald Welzer entrevistado por José Andrés Rojo: “Tenemos una responsabilidad ineludible: desarrollar otra manera de vivir”, Barcelona Metrópolis 83, verano de 2011.
[3] Daniel Tanuro lo ha explicado con acierto en varios textos, y de forma sintética en ese estupendo librito que es Cambio climático y alternativa ecosocialista (Editorial Sylone, Barcelona 2015).
[4] Buen análisis al respecto en Naomi Klein en Esto lo cambia todo –El capitalismo contra el clima, Paidos, Barcelona 2015.

OJALÁ QUE EL SEXO GAY CAUSARA EL CALENTAMIENTO CLIMÁTICO
¿Por qué estamos menos preocupados por el desastre más probable? Debido a que el cerebro humano ha evolucionado para responder a las amenazas que tienen cuatro características - características que el terrorismo tiene y que el calentamiento global no tiene.
En primer lugar, el calentamiento global no tiene bigote. ¡No es broma! Somos mamíferos sociales cuyos cerebros están altamente especializados en pensar en los demás congéneres. La comprensión de aquello en lo que están los otros -lo que saben y quieren, lo que están haciendo y planificando- ha sido tan crucial para la supervivencia de nuestra especie que nuestros cerebros han desarrollado una obsesión con todas las cosas humanas. Pensamos en las personas y sus intenciones; hablamos sobre ellos; los buscamos y los recordamos.
Por eso es por lo que en EEUU nos preocupa más el ántrax (con un número de muertes anuales de aproximadamente cero) que la gripe (con un número de muertes anuales que oscila entre un cuarto de millón y medio millón de personas). La gripe es un accidente natural, y el ántrax es una acción intencional humana, y la más pequeña acción capta nuestra atención de una manera en que el mayor accidente no lo hace. Si dos aviones hubieran sido alcanzados por un rayo y se hubiesen estrellado contra un rascacielos de Nueva York, pocos de nosotros lograríamos nombrar la fecha en que ocurrió.
El calentamiento global no está tratando de matarnos, ¡qué vergüenza! Si el cambio climático hubiese sido encaminado hacia nosotros por un dictador brutal o un Imperio del Mal, la guerra contra el calentamiento sería la máxima prioridad de esta nación.
La segunda razón por la que el calentamiento global no pone el cerebro en alerta naranja es que no viola nuestra sensibilidad moral. No hace que nos hierva la sangre (al menos no en sentido figurado) porque no nos obliga a considerar pensamientos que nos parezcan indecentes, impíos o o repulsivos. Cuando las personas se sienten insultadas o disgustadas, generalmente hacen algo al respecto, tal como golpearse las cabezas mutuamente, o votar. Las emociones morales son los llamamientos del cerebro a la acción.
A pesar de que todas las sociedades humanas tienen reglas morales acerca de la comida y el sexo, ninguna tiene una regla moral sobre la química atmosférica. Y así, nos indigna cualquier violación de protocolo excepto la del Protocolo de Kyoto. Sí, el calentamiento global es malo, pero no nos hace sentir náuseas o enfado o desgracia, y por lo tanto no nos sentimos obligados a embestir contra él como sí que lo hacemos contra otras amenazas trascendentales para nuestra especie, como la quema de banderas nacionales. El hecho es que si el cambio climático lo causaran las relaciones homosexuales, o la práctica de comer gatitos, millones de manifestantes estarían concentrándose masivamente en las calles.
La tercera razón por la que el calentamiento global no desencadena nuestra preocupación es que lo vemos como una amenaza para nuestro futuro - no para nuestra sobremesa. Como todos los animales, los humanos somos rápidos en responder a peligros evidentes y presentes, por lo que nos lleva sólo unas milésimas de segundo agacharnos cuando una pelota de béisbol díscola viene a toda velocidad hacia nuestros ojos.
El cerebro es una máquina “aparta-del-camino” magníficamente diseñada que constantemente está inspeccionando el medio ambiente para identificar las cosas fuera de cuyo camino hay que apartarse justo ahora. Eso es lo que hicieron los cerebros durante varios cientos de millones de años - y a continuación, hace tan sólo unos pocos millones de años, el cerebro mamífero aprendió un nuevo truco: predecir el momento y el lugar de ciertos peligros antes de que realmente sucedieran.
Nuestra capacidad para esquivar lo que todavía no está sucediendo es una de las innovaciones más impresionantes del cerebro, y sin ella no tendríamos hilo dental o planes de jubilación 401(k). Pero esta innovación está en las primeras etapas de su desarrollo. El dispositivo que nos permite hacer frente a pelotas de béisbol visibles es antiguo y seguro, pero el complemento técnico que nos permite responder a amenazas que se ciernen en un invisible futuro todavía está en fase de pruebas.
No hemos progresado lo suficiente en el truco de tratar el futuro como el presente en que pronto se convertirá porque sólo hemos estado practicando durante unos pocos millones de años. Si el calentamiento global le sacara de vez en cuando un ojo a alguien, la OSHA (Occupational Safety & Health Administration) lo aniquilaría por vía legal.
Hay una cuarta razón por la que parece que no podemos ponernos nerviosos por el calentamiento global. El cerebro humano es extremadamente sensible a los cambios de luz, sonido, temperatura, presión, tamaño, peso y casi todo lo demás. Pero si la tasa de cambio es lo suficientemente lenta, ese cambio va a pasar desapercibido. Si la intensidad del zumbido de un refrigerador fuera aumentando poquito a poco a lo largo de varias semanas, el aparato podría estar cantando como una soprano a fin de mes y nadie se daría cuenta.
Debido a que apenas se notan los cambios que se producen gradualmente, aceptamos cambios graduales que rechazaríamos si llegasen de repente. La densidad de tráfico de Los Ángeles ha aumentado dramáticamente en las últimas décadas, y los ciudadanos lo han tolerado sin más que con los gruñidos de rigor. Si el cambio hubiese ocurrido en un solo día del verano pasado, los angelinos habrían cerrado la ciudad, llamado a la Guardia Nacional y linchado a todos los políticos que pudieran caer en sus manos.
Los ecologistas se desesperan por la velocidad con que está avanzando el calentamiento global. De hecho, no está ocurriendo lo suficientemente rápido. Si el presidente Bush pudiera meterse en una máquina del tiempo y experimentar un solo día del año 2056, volvería al presente conmocionado y espantado, dispuesto a hacer todo lo necesario para resolver el problema.
El cerebro humano es un notable dispositivo diseñado para estar a la altura de las ocasiones especiales. Descendemos de cazadores-recolectores cuyas vidas fueron breves, para quienes la mayor amenaza era un hombre armado con un palo. Cuando los terroristas atacan, respondemos con fuerza aplastante y resolución firme, igual que lo harían nuestros antepasados. El calentamiento global es una amenaza mortal precisamente porque no hace que se dispare la alarma del cerebro, lo cual nos deja profundamente dormidos en una cama que está ardiendo.
Aún está por ver si logramos aprender a estar a la altura de nuevas ocasiones.
Daniel Gilbert, “If only gay sex caused global warming”, Los Angeles Times, 2 de julio de 2006 (traducción de Jorge Riechmann). DG es profesor de psicología en la Universidad de Harvard. Su artículo puede consultarse en http://articles.latimes.com/2006/jul/02/opinion/op-gilbert2

Amb cara i ulls,[1] dice una importante expresión en catalán que deberíamos conocer –pues a los seres humanos nos cuesta prestar atención a lo que no tiene cara y ojos. Nuestra naturaleza de simios supersociales nos lleva a magnificar las interacciones y conflictos personales –y tendemos a ignorar lo demás. Pero el calentamiento climático no tiene cara y ojos, la acumulación de capital no tiene cara y ojos, la maquinización del mundo no tiene cara y ojos… Nos cuesta Dios y ayuda hacernos cargo de las dinámicas sistémicas, y de los aspectos estructurales de la realidad.





[1] En castellano viene a significar “como debe ser”, “como mandan los cánones”, “como Dios manda”.



Jorge Riechmann. Ética extramuros. UAM Ediciones, 2017

lunes, 15 de mayo de 2017

Una amenaza civilizatoria



El catedrático de ecología Carlos Montes apunta –con razón-- que el sistema está deseoso de que hablemos de cambio climático, ahora que éste ha sido ya reformulado como oportunidad de negocio[1] (tengamos siempre en cuenta que el calentamiento climático es un efecto de la crisis socioecológica global, no una causa de la misma). Él sugiere que hablemos más bien de cambio global, porque los procesos en curso son mucho más amplios que el calentamiento climático antropogénico. Yo sigo creyendo que deberíamos hablar más bien de crisis socioecológica global:[2] ahora bien, no cabe duda de que en ese marco conceptual más amplio delimitado por cualquiera de las dos expresiones, también hemos de abordar el calentamiento climático, como una de las dimensiones principales de esa crisis o cambio global. La exposición que sigue nos hará ver por qué.

En 1992, en Río de Janeiro, la “comunidad internacional” aprobó la Convención de NN.UU. sobre Cambio Climático: al menos desde esa fecha, seguir negando el problema es imposible. Sin embargo, entre 1990 –año de referencia para las negociaciones internacionales— y 2014, es decir, durante un cuarto de siglo de “lucha” contra el calentamiento global, las emisiones mundiales de dióxido de carbono aumentaron el 61%. (Entre 1970 y 1990 las emisiones habían aumentado un 45%.)[3] No sólo eso, sino que el ritmo de emisión de GEI a la atmósfera, lejos de ralentizarse, está incrementándose,

ACELERACIÓN DE LAS EMISIONES
Los datos del Global Carbon Project para 2007 revelaban que el aumento de las emisiones antropogénicas se está produciendo cuatro veces más deprisa desde el año 2000 que en la década anterior.
La aceleración tanto de las emisiones de CO2 como de su acumulación en la atmósfera no tiene precedentes. Tan es así que el crecimiento de las emisiones en el periodo 2000-2007 fue peor que el escenario más desarrollista (basado en la quema de combustibles fósiles) planteado por los científicos del IPCC.
De seguir este ritmo, la concentración de CO2 podrían alcanzar las 450 partes por millón (previsiblemente ligado a 2ºC de aumento de la temperatura promedio) en 2030 en vez de en 2040 (como apuntaban hasta hace poco las previsiones).
Las observaciones de la red de la Vigilancia de la Atmósfera Global (VAG) de la OMM (Organización Meteorológica Mundial) revelaron que los niveles de CO2 habían aumentado más entre 2012 y 2013 -2’9 ppm- que durante cualquier otro año desde 1984. Datos preliminares apuntan a que ese aumento posiblemente obedezca a la reducción de la cantidad de CO2 absorbida por la biosfera de la Tierra, sumado al incremento constante de las emisiones de ese gas.[4]
“El mundo está en la trayectoria de los seis grados de aumento [a finales del siglo XXI]”, decía el economista jefe de la AIE, Fatih Birol, en 2011.[5]

Y aunque en 2008-2009 la crisis económica ralentizó este crecimiento de las emisiones, el alivio duró poco: ya en 2010, según los datos oficiales de la AIE (Agencia Internacional de la Energía), las emisiones de dióxido de carbono crecieron más de un 5% respecto a 2009,[6] retomando la senda de incremento de los años anteriores a 2008. En España, tras una importante caída de las emisiones a partir de 2007 causada por la crisis económica, éstas subieron en 2011 por unas ayudas gubernamentales al carbón que prácticamente duplicaron el uso de este combustible fósil (el más contaminante de todos).[7]

El cambio climático no amenaza al planeta en sí, que ha conocido violentas trasformaciones climáticas en el curso de su larguísima existencia,[8] pero sí a buena parte de las especies que ahora lo habitamos: y constituye una amenaza muy seria para el futuro de la civilización humana.[9] El famoso “Informe Stern” sobre La economía del cambio climático alerta de que la caída anual del PIB podría alcanzar ¡incluso el 20%!, lo que implicaría una catástrofe económica de magnitud desconocida en la historia contemporánea[10] y consecuencias tremendas sobre las condiciones de vida, el empleo o la seguridad alimentaria.

Los informes de la Organización Mundial de la Salud no son menos inquietantes: las muertes anuales asociadas al cambio climático rondan ya las cien mil, pero pronto serán millones si no lo evitamos. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano (PNUD) recuerda que entre los años 2000 y 2004 se ha informado de un promedio anual de 326 desastres climáticos que han afectado anualmente a alrededor de 262 millones de personas... cifra que duplica lo ocurrido en la primera mitad del decenio de 1980 y que quintuplica a los damnificados en el último lustro de los setenta.[11] La revista Scientific American publicaba en un artículo de 2011 que la frecuencia de los desastres naturales ha aumentado ya un 42% desde la década de los años ochenta, y que la proporción de estos episodios relacionados con el clima ha aumentado del 50 al 82%.[12]

Todavía más tremendos son los datos del Atlas de la mortalidad y las pérdidas económicas provocadas por fenómenos meteorológicos, climáticos e hidrológicos extremos, 1970-2012, publicado por la Organización Metereológica Mundial (OMM). Según este texto de referencia, a escala mundial los desastres se han multiplicado casi por cinco entre el decenio de los años setenta del siglo XX y el primer decenio del siglo XXI. En Europa, por ejemplo, de 1971 a 1980 sólo se registraron 60 desastres naturales que provocaron 1.645 muertes, mientras que de 2001 a 2010 ha habido 577 con 84 veces más víctimas mortales, 138.153.[13]

Los pueblos del Sur pagan un precio muy alto por estos desastres cada vez menos “naturales” (pues vinculados con el cambio climático antropogénico): entre 2000 y 2004, según los datos del PNUD (World Report of Human Development 2007-2008), en los países no miembros de la OCDE un habitante de cada 19 se vio afectado por catástrofes climáticas (frente a sólo uno de cada 1.500 en los países de la OCDE -79 veces menos).[14]

En 2014, el Quinto Informe de Evaluación del IPCC señalaba que los impactos del calentamiento global ya son visibles en todos los continentes y en la mayor parte de los océanos; que la temperatura media global se ha elevado 0’85ºC entre 1880 y 2012, un incremento que se ha acentuado en las últimas tres décadas; que muchas regiones del planeta están experimentando con mayor frecuencia fenómenos meteorológicos extremos --sequías, olas de calor, inundaciones, temporales, huracanes, tornados y tifones--; que aumentan los impactos sobre la salud, la extinción de especies y la degradación de hábitats; que ya se está dando una menor productividad de las cosechas, estimándose como más probable su reducción media del orden del 2% por década; y que ya se están produciendo efectos sobre el crecimiento económico agregado mundial, estimado en una reducción de entre un 0’2 y 2%.

Estos procesos negativos muestran tendencia a incrementarse. Afectarán a la seguridad alimentaria, darán lugar a la aparición de nuevas bolsas de pobreza, incrementarán las desigualdades sociales (por sus efectos sobre los precios relativos) y forzarán nuevas migraciones masivas –con todas las perturbaciones socioeconómicas cabe esperar.

OCHO RIESGOS CLAVE PARA LOS SERES HUMANOS:
(1) Peligro de muerte, de lesiones, de problemas de salud o de desaparición de los medios de sustento en las zonas costeras y los pequeños Estados insulares debido a tempestades, inundaciones y elevación del nivel del mar;
(2) riesgos graves para la salud y de desaparición de los medios de sustento para amplios grupos urbanos a causa de inundaciones en el interior;
(3) riesgos sistémicos debidos a fenómenos meteorológicos extremos que provoquen la desaparición de infraestructuras en red y de servicios vitales como el suministro de electricidad, la distribución de agua y los servicios de sanidad y de emergencia;
(4) riesgo de mortandad y enfermedad durante los periodos de calor extremo, particularmente para las poblaciones urbanas vulnerables y para las que trabajan al aire libre en zonas urbanas y rurales;
(5) riesgo de inseguridad alimentaria y de desaparición de los sistemas alimentarios, particularmente para las poblaciones más pobres en las zonas urbanas y rurales;
(6) riesgo de pérdida de los recursos y de los ingresos en las zonas rurales por falta de acceso a agua potable y a agua de riego, así como debido a la disminución de la productividad agraria, especialmente para los campesinos y ganaderos que disponen de un capital mínimo en las regiones semiáridas;
(7) riesgo de pérdida de ecosistemas marinos y costeros y de su biodiversidad, así como de los bienes, funciones y servicios que prestan en forma de recursos costeros, sobre todo para las comunidades de pescadores en los trópicos y en el Ártico;
(8) riesgo de pérdida de ecosistemas terrestres y acuáticos y de su biodiversidad, así como de los bienes, funciones y servicios que prestan en forma de recursos.
Fuente: “resumen para los decisores” del informe del Grupo II del IPCC (hecho público en abril de 2014), dentro del Quinto Informe de Evaluación de este organismo internacional. Puede consultarse en http://ipcc-wg2.gov/AR5/images/uploads/IPCC_WG2AR5_SPM_Approved.pdf



[1] Un hito en nuestro entorno próximo: el expresidente del gobierno José María Aznar, hasta ayer mismo estridente “negacionista” del cambio climático, se incorporó en el otoño de 2010 al Global Adaptation Institute, instituto concebido para orientar a los capitalistas hacia las nuevas oportunidades de negocio que surjan de la adaptación de nuestras sociedades al calentamiento. Véase por ejemplo en La Vanguardia del 18 de octubre de 2010 el artículo titulado “Aznar, nombrado asesor de una organización sobre cambio climático”.
[2] Como sabe, y bien dice, Carlos Montes: “Las palabras piensan, las palabras no son neutras, las palabras tienen ideología” (Carlos Montes, “Cambio climático, agricultura y biodiversidad”, ponencia en el curso de la Universidad Pablo de Olvida de Sevilla  “Agricultura y alimentación en un mundo cambiante” --VIII Encuentros Sostenibles--; Carmona, 5 al 7 de octubre de 2011).
[3] Véase el informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente en 2011 Tendencias a largo plazo en emisiones de CO2. El estudio del Global Carbon Project (primer firmante: Glen Peters) publicado en Nature Climate Change el 5 de diciembre de 2011, del que da cuenta Alicia Rivera (“La crisis no frena las emisiones de gases de efecto invernadero”, El País, 5 de diciembre de 2011), cuantifica un 49% de crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono entre 1990 y 2010.
                En España, en el período 1990-2010, crecieron las emisiones un 26% (frente al descenso del 15’5% de la UE-27). Véase también Cayetano López, “Malas noticias para el clima”, El País, 20 de octubre de 2011.
Para dar una idea de la terrible situación en que nos encontramos, cabe recordar que los científicos del IPCC están de acuerdo en solicitar una reducción de las emisiones de entre el 25 y el 40% (con respecto a los niveles de 1990) para una fecha ya tan cercana como 2020, si queremos tener opciones de no superar el peligroso umbral de 2ºC de incremento de las temperaturas promedio (respecto a los niveles preindustriales).
[4] Son datos de la OMM (Organización Meteorológica Mundial) en su Boletín anual de 2014, sintetizado en el Comunicado de Prensa 1002, “Niveles sin precedentes de gases de efecto invernadero tienen consecuencias en la atmósfera y los océanos” (9 de septiembre de 2014). Puede consultarse en http://www.wmo.int/pages/mediacentre/press_releases/pr_1002_es.html
[5] De un discurso en Madrid el 30 de noviembre de 2011; citado por Rafael Méndez , “Cuando el cambio climático era importante”, El País, 3 de diciembre de 2011.
[6] Las emisiones de dióxido de carbono ascendieron a 30.600 Tm (toneladas métricas), o 30’6 gigatoneladas, en 2010. Fueron 29.300 Tm en 2008, en 2009 descendieron un poco estas emisiones a causa de la crisis económica mundial, y en 2010 crecieron de nuevo… El incremento acumulado de 1990 a 2010 es del 45%, según la AIE; entre 2000 y 2010, del 30%. (Pero, como ya hemos visto, el estudio del Global Carbon Project --primer firmante: Glen Peters-- publicado en Nature Climate Change el 5 de diciembre de 2011, del que da cuenta Alicia Rivera (“La crisis no frena las emisiones de gases de efecto invernadero”, El País, 5 de diciembre de 2011), cuantifica un 49% de crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono entre 1990 y 2010.)
Los descensos en los países más ricos se han compensado con creces por los aumentos de los países “en vías de desarrollo”, que no han dejado de incrementar su uso de carbón y petróleo. Las emisiones de China aumentaron un 60% entre 2003 y 2010, y en términos per capita casi han igualado a las europeas (China 6’8 toneladas por habitante y año en 2010, UE 8’1, España 6’3). De hecho, los descensos de esos países ricos se explican en buena parte por el traslado de la producción más intensiva en energía a países como China o la India, de manera que una parte sustancial de las emisiones en la “fábrica del mundo” sudasiática habría que imputarlas en realidad a los países donde se consumen los productos (véase Rafael Méndez, “Las emisiones no bajan: se mudan”, El País, 8 de octubre de 2011).
Si consideramos el conjunto de las emisiones (incluyendo a lo demás gases de “efecto invernadero”: metano, óxidos de nitrógeno, etc.), el incremento entre 1990 (año base del Protocolo de Kioto) y 2010 es del 29%, y el salto entre 2009 y 2010 fue del 1’4%.
[7] “Las emisiones de gases de efecto invernadero en España, que llevaban en caída desde finales de 2007, han repuntado este año. La causa es un real decreto de ayudas al carbón que el Ministerio de Industria aprobó en febrero y que ha hecho que la producción eléctrica con este combustible haya crecido un 96% en lo que va de año, según datos de Red Eléctrica. Cada kilovatio generado con carbón emite casi el triple que uno producido con gas natural. Pese a la crisis -que implica caída en la producción de cemento e industrial-, las emisiones totales subirán entre cuatro y ocho puntos. Si hace un año España emitía un 21% más que en 1990 (año de referencia de Kioto), ahora emite entre un 25% y un 29% más, según distintas estimaciones”. Rafael Méndez, “La emisión de CO2 crece tres años después por las ayudas al carbón”, El País, 30 de diciembre de 2011.
[8] La Tierra ha conocido en el pasado (a lo largo de sus más de 4.500 millones de años de existencia) climas extremos. Y la vida ha sobrevivido a situaciones mucho peores que las que previsiblemente vamos a experimentar, en escenarios tanto más calientes como más fríos (originados por factores como las alteraciones en el ciclo del carbono, el vulcanismo, la tectónica de placas y los cambios en la posición de la Tierra con respecto al Sol). Por ejemplo, los geólogos han identificado dos situaciones de “Tierra Bola de Nieve” (Snowball Earth), con un frío extremo (y los océanos casi completamente helados), hace 700 y hace 2200 millones de años.
[9] Es importante subrayar esto para evitar equívocos… Incluso personas por lo general tan bien informadas como Juan Torres escriben, a raíz del incremento en el número de desastres causados por fenómenos meteorológicos, climáticos e hidrológicos extremos: “El incremento registrado en su total me parece que indica claramente que nuestro planeta está cada día más dañado, quizá ya herido de muerte, como indican otros muchos informes…” (Juan Torres, “Un dios destructivo”, El País/ Andalucía, 20 de julio de 2014). Pero no, el planeta como tal –si nos distanciamos, asumimos perspectiva cósmica y nos desnudamos de todo antropocentrismo— no está en absoluto herido de muerte. Como escribe Emilio Santiago Muiño en un comentario al manifiesto “Última llamada” (uno de cuyos redactores fue él mismo), “no se trata de salvar el planeta, como me han dicho algunos amigos cercanos tras leer el texto. Si la vida pudo sobrevivir a catástrofes como la extinción del Pérmico-Triásico sabrá quitarse de encima la febrícula ecológica que supone ese primate arrogante y venido arriba en el clímax de su borrachera antropocéntrica que es el ser humano (la personificación es un recurso retórico; evidentemente la vida no es un ente personal con voluntad). El planeta dentro de veinte millones de años estará vivo y será exuberante. Se trata de salvarnos a nosotros, de salvar la civilización humana en sus mejores potencialidades, que quizá ya no sean las que nos prometió el socialismo y su Reino de la Libertad, pero sin duda todavía tenemos capacidades para organizar una vida buena al alcance de todas y de todos. Y si tampoco logramos esto, al menos podremos mitigar el colapso y efectuar un aterrizaje de emergencia; así evitaremos que el siglo XXI se lleve por delante precipitada, trágica e innecesariamente a miles de millones de seres humamos. Y con ellos también la dignidad y la alegría de estar vivo de los supervivientes.” (Emilio Santiago Muiño, “Sobre el manifiesto Última llamada (un punto y seguido personal)”, publicado en el blog del manifiesto el 13 de julio de 2014; puede consultarse en http://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com/2014/07/13/emilio-santiago-muino-sobre-el-manifiesto-ultima-llamada-un-punto-y-seguido-personal/ ).
[10] Equivalente, más o menos, a las destrucciones económicas causadas por las dos guerras mundiales del siglo XX y el crack de 1929, todo junto. E incluso tal estimación económica probablemente infravalora el problema…
[11] PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008. La lucha contra el cambio climático: solidaridad frente a un mundo dividido, Mundi-Prensa, 2007.
[12] Alex de Sherbinin, Koko Warner y Charles Ehrhart, “Casualties of Climate Change: Sea-level Rises Could Displace Tens of Millions”, Scientific American, enero de 2011.
[13] En todo el mundo, en 1970-2010, se han producido por fenómenos meteorológicos, climáticos e hidrológicos extremos un total de 8.835 desastres que han provocado 1’94 millones de muertos y pérdidas económicas por valor de 2’4 billones de dólares. Desastres que a veces han sido tan terribles que uno solo, como el ciclón que asoló Bangladesh en 1970 o la sequía de Etiopía de 1983, ha llegado a provocar más de 300.000 muertos. Pero lo que sin duda resulta más dramático de lo que refleja el Atlas es la progresión impresionante que se está produciendo en el número total de desastres. Entre 1971 y 1980 se produjeron 743; 1.534 de 1981 a 1990; 2.386 de 1991 a 2000; y 3.496 de 2001 a 2010, es decir, 4,7 veces más en los últimos diez años que en la década de los años setenta del siglo pasado.
[14] Daniel Tanuro, Cambio climático y alternativa ecosocialista (Editorial Sylone, Barcelona 2015, p. 21.


Jorge Riechmann. Ética extramuros. UAM Ed. Madrid, 2017
Fotografía de Juan Sánchez Amorós

domingo, 14 de mayo de 2017

2 fragmentos de ÉTICA EXTRAMUROS de JORGE RIECHMANN




El psicólogo social alemán Harald Welzer, director del Center for Interdisciplinary Memory Research en Essen y profesor de la Universidad de Witten-Herdecke, ha escrito un libro importante titulado Guerras climáticas.[1] A Welzer le asombra --con razón-- la relativa indiferencia con que las ciencias sociales han tratado hasta ahora el enorme asunto de los desequilibrios climáticos antropogénicos, y con esta obra ha realizado una valiosa contribución a paliar tal desidia. Quizá no resulte extraño que bastantes investigadores alemanes o polacos sean muy sensibles al potencial de catástrofe que entraña la Modernidad industrial: al fin y al cabo, en Centroeuropa resulta menos fácil apartar la mirada del lugar central que el ascenso del nazismo o la Shoah deberían ocupar para la teoría social –y para la autocomprensión humana a secas. Welzer ha escrito obras notables sobre la memoria histórica, los modos de transmisión de experiencias traumáticas, la perspectiva psicológica sobre el Holocausto y los usos de la violencia social.

Tres elementos centrales del penetrante análisis desplegado en Guerras climáticas son: en primer lugar, del calentamiento climático en curso cabe esperar en muchas zonas del planeta la pérdida de recursos básicos para la vida humana: la competencia recrudecida en situaciones de escasez creciente llevará a un incremento de la violencia (en formas viejas y nuevas). En segundo lugar, la violencia organizada –y la violencia extrema— es una posibilidad abierta siempre para los seres humanos. Y –en tercer lugar— esa violencia extremada hasta el genocidio no constituye una desviación o anomalía respecto del curso de progreso de la Modernidad, sino que por el contrario supone una dimensión central de la misma. Zygmunt Bauman mostró esto con respecto al Holocausto; Carl Amery primero, y ahora Welzer, ambos con la experiencia del nazismo intensamente presente, llegan a conclusiones similares analizando la crisis ecológico-social y su probable evolución futura. Ahora que decenas de miles de seres humanos ya han padecido el abrupto desplome del orden social a consecuencia de fenómenos meteorológicos extremos (como en Nueva Orleans con el huracán Katrina, catástrofe se analiza en p. 47 y ss. de Guerras climáticas) y al menos una “guerra climática” (la de Darfur en Sudán, estudiada en p. 107 y ss.), cobra suma importancia ser conscientes de que
“la violencia en tanto opción social, en tanto posibilidad siempre disponible, representa un elemento nuclear, latente o manifiesto de las relaciones sociales, aunque los miembros de las sociedades que poseen el monopolio estable de la violencia [por parte del Estado] suelan preferir pasar esto por alto. Pero en esas sociedades simplemente se ha alojado en otra escala de relaciones sociales, se ha vuelto indirecta (…), pero esto no significa que haya desaparecido” (p. 158).

EN SIRIA, LA SEQUÍA FUE UN FACTOR DESENCADENANTE
DE LA GUERRA CIVIL
A finales de 2010 informaba el New York Times que, tras cuatro años consecutivos de sequía, la más grave de los últimos cuarenta años, el corazón agrícola de Siria y las zonas vecinas de Irak se enfrentaban a una situación muy grave: «[l]os antiguos sistemas de riego se han desmoronado, las fuentes de aguas subterráneas se han secado y cientos de aldeas han sido abandonadas a medida que las tierras de labor se convertían en superficies desérticas cuarteadas y morían los animales. Las tormentas de arena son cada vez más habituales y alrededor de los pueblos y ciudades más grandes de Siria e Irak se han levantado inmensas ciudades de tiendas, en las que viven los agricultores arruinados y sus familias».
La principal zona afectada por la falta de lluvias es el nordeste de Siria, que produce el 75% de la cosecha total de trigo. El Informe de evaluación global sobre la reducción del riesgo de desastres del año 2011, publicado por las Naciones Unidas, señala que cerca del 75% de los hogares que dependen de la agricultura en el nordeste del país ha sufrido pérdidas totales de sus cosechas desde que comenzó la sequía. El sector agrícola de Siria representaba el 40% del empleo total y el 25% del producto interior bruto del país antes de la sequía. Entre dos y tres millones de personas se han visto condenadas a una pobreza extrema ante la falta de ingresos de sus cultivos y han tenido que vender su ganado a un precio un 60 ó 70% inferior a su coste. La cabaña ganadera de Siria ha quedado diezmada, pasando de 21 millones a entre 14 y 16 millones de cabezas de ganado. Esta calamidad ha sido provocada por una serie de factores, que incluyen el cambio climático, la sobreexplotación de las aguas subterráneas debida a las subvenciones para cultivos que consumen grandes cantidades de agua (algodón y trigo), unos sistemas de riego ineficientes y el sobrepastoreo.3
La sequía ha provocado el éxodo de cientos de miles de personas de las zonas rurales hacia núcleos urbanos. Las ciudades de Siria padecían ya tensiones económicas, debidas en parte a la llegada de refugiados de Irak tras la invasión de 2003. Un creciente número de personas indigentes se encuentra ahora en situación de intensa competencia por unos recursos y unos puestos de trabajo escasos. Francesco Femia y Caitlin Werrell, del Center for Climate and Security, escriben que «las comunidades rurales desafectas han desempeñado un destacado papel en el movimiento sirio de oposición, en comparación con otros países de la primavera árabe. El pueblo agrícola rural de Dara’a, afectado con especial dureza por cinco años de sequía y de escasez hídrica, sin apenas apoyo del régimen de al-Assad, fue efectivamente el germen de las protestas del movimiento de oposición en sus primeros tiempos [en 2011]».
La experiencia de Siria sugiere que las tensiones ambientales y de recursos, incluido el cambio climático, podrían convertirse en una importante causa de desplazamientos. Aunque el profundo descontento popular tras décadas de gobierno represivo constituye indudablemente uno de los motivos de la guerra civil de Siria, las tensiones generadas por las alteraciones climáticas han añadido leña al fuego. Y esta es precisamente la cuestión importante: las repercusiones de la degradación ambiental no suceden en el vacío, sino que interactúan con toda una serie de tensiones y problemas sociales preexistentes en un auténtico hervidero.
Michael Renner, “Cambio climático y desplazados ambientales”, en Boletín ECOS 24, septiembre a noviembre de 2013. Puede consultarse en https://www.fuhem.es/media/cdv/file/biblioteca/Boletin_ECOS/24/cambio-climatico-y-desplazados-ambientales_M_RENNER.pdf

Con el calentamiento climático, en muchas zonas del planeta –con impactos especialmente brutales en África-- se desplazarán las zonas habitables y las regiones de cultivo, se perderán recursos básicos como bosques o pesca, avanzarán los desiertos, escaseará el agua, se inundarán las costas, menudearán fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones fluviales o tornados… Resulta dudoso que muchos órdenes sociopolíticos fragilizados, y atravesados por diversos conflictos, puedan resistir la magnitud de las embestidas. Los “refugiados climáticos”, que ya hoy son decenas de millones, pueden convertirse a no muy largo plazo en centenares de millones. Todo esto afecta a los equilibrios de poder, a la geopolítica y al acceso a los recursos básicos, de manera que “no hay absolutamente ningún argumento que pueda refutar la idea de que en el siglo XXI el cambio climático generará un potencial de tensión mayor con un peligro considerable de llegar a situaciones violentas” (p. 179). Genocidios causalmente agravados por la superpoblación y la escasez de recursos como en Ruanda,[2] o guerras civiles enconadas por los efectos de graves sequías como la de Siria, prefiguran lo que puede ocurrir en el siglo XXI. Nos dirigimos a toda máquina hacia lo que puede cobrar la forma de un verdadero colapso civilizatorio[3] –y la máquina, de momento, no da señales de parar, ni siquiera de dejar de acelerar su marcha. Rebecca Solnit nos propone que hablemos del cambio climático sin eufemismos: esencialmente es violencia.
“El cambio climático es en sí mismo violencia. Violencia extrema, horrible, de larga duración, generalizada. (…) Hablemos del cambio climático como violencia. Más que preocuparse acerca de si los seres humanos corrientes reaccionarán de modo turbulento a la destrucción de sus medios mismos de supervivencia, preocupémonos por esa destrucción, y por su supervivencia. Por supuesto, la pérdida de agua y de cosechas, las inundaciones y demás ocasionarán migraciones masivas y refugiados a causa del clima -ya está sucediendo –, y esto llevará a conflictos. Estos conflictos son los que ahora se están poniendo en movimiento. Se puede contemplar en parte la Primavera Árabe como un conflicto climático: el aumento de los precios del trigo fue uno de los desencadenantes de la serie de revueltas que cambiaron la faz del África más septentrional y Oriente Medio. (…) El cambio climático hará que aumente el hambre a medida que suban los precios de los alimentos y flaquee la producción de alimentos, pero ya tenemos hambre generalizada en la Tierra, y buena parte de la misma no se debe a fallos de la naturaleza y los agricultores sino a los sistemas de distribución…”[4]




[1] Harald Welzer, Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI, Katz, Madrid/ Buenos Aires 2011. Guerras climáticas es un libro que, en la estantería, habría que dejar cerca de otras dos obras a mi juicio muy importantes: Auschwitz: ¿comienza el siglo XXI? de Carl Amery, y Modernidad y Holocausto de Zygmunt Bauman.
[2] Estudiado en p. 99 y ss., y en otros lugares de la obra.
[3] Véase José David Sacristán de Lama, La próxima Edad Media, Edicions Bellaterra, Barcelona 2008; y Carlos Taibo, Colapso, Los Libros de la Catarata, Madrid 2016.
[4] Rebecc Solnit, “Llamemos al cambio climático por su nombre: violencia”, publicado inicialmente en The Guardian, 7 de abril de 2014. Una traducción se publicó en sin permiso, 20 de abril de 2014: puede consultarse en http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/ipcc.pdf




Manchar el propio nido

Como escribe otro investigador, el filósofo británico James Garvey,
“podemos esperar un futuro con cientos de millones, incluso miles de millones, de desplazados, hambrientos, sedientos, que intentarán escapar no sólo de los aumentos del nivel del mar sino de tierras de cultivo abrasadas y pozos secos. No resulta muy difícil imaginar los conflictos que tendrán lugar en un planeta que ve cómo sus recursos disminuyen o cambian. Tampoco cuesta ver que los más pobres del mundo serán los que más afectados negativamente se vean, así como los que menos recursos de adaptación tengan. África, por ejemplo, un continente que ya sufre sequía, malas cosechas, conflictos regionales, escasez de agua, enfermedades, etcétera, empeorará su situación mucho más con el cambio climático.”[1]

Tales perspectivas no dejan de entrañar un terrible simbolismo. Porque, como sabemos por la paleoantropología, África es precisamente la cuna de la humanidad actual: el continente donde evolucionó Homo sapiens sapiens, y desde donde se extendió al resto del mundo.[2] Dañar África y a los africanos de la forma en que –con toda probabilidad— lo hará proseguir con el BAU (business as usual) en nuestro uso de la energía y el territorio equivale a un caso extremo de eso que los anglosajones llaman to foul one’s own nest: manchar el propio nido. Y nos hace ver cómo en realidad ese comportamiento destructivo se extiende a nuestra cuna y casa más amplia, el oikos biosférico en su conjunto.

Cuando las culturas humanas topan con problemas de límites, en muchos casos emprenden estrategias de “huida hacia adelante”. Ya se trate de la Isla de Pascua o de nuestras petrodependientes sociedades actuales, se reacciona intensificando las prácticas que tuvieron éxito en el pasado (pero ahora se han vuelto contraproducentes), en vez de poner en entredicho los supuestos –culturales, económicos, políticos…-- que nos están llevando al desastre. Harald Welzer remite expresamente a otra investigación importante, Colapso de Jared Diamond.[3]

La historia de los siglos XIX y XX fue la historia de cómo el capitalismo industrial construyó un mundo. La del siglo XXI, salvo que seamos capaces de imprimir en tiempo récord un fuerte giro de racionalidad colectiva a la actual carrera fuera de control, será la historia de cómo el capitalismo destruye el mundo –natural y social--. Y, pese a las fantasías de exoplanetas habitables alimentadas por los mass-media, no hay ningún otro mundo de recambio.[4] El capítulo final de Guerras climáticas de Welzer se abre con una advertencia del gran dramaturgo germano-oriental Heiner Müller –“el optimismo no es más que falta de información”— y concluye con las benjaminianas palabras siguientes:
“El proceso de globalización puede describirse (…) como un proceso de entropía social que se acelera, desintegra las culturas y al fin, cuando termina mal, sólo deja tras de sí la indiferenciación de la voluntad de supervivencia. Aunque eso sería la apoteosis de esa misma violencia de cuya abolición la Ilustración (y con ella la cultura occidental) creyó hallar la clave. Pero desde el trabajo esclavo moderno y la explotación inmisericorde de las colonias hasta la destrucción perpetrada en la industrialización temprana del sustento vital de personas que no tenían absolutamente nada que ver con ese programa, la historia del Occidente libre, democrático e ilustrado escribe precisamente su contrahistoria de falta de libertad, opresión y contrailustración. La Ilustración (y esto lo demuestra el futuro de las consecuencias climáticas) no podrá liberarse de esa dialéctica.” [5]

¿Seremos capaces de contrariar este amargo pronóstico?





[1] James Garvey, La ética del cambio climático, Proteus, Barcelona 2010, p. 40.
[2] Algo que a menudo olvidamos, pero que nos recuerdan los paleoantropólogos, es la espesa ramificación de nuestro árbol genealógico. Desde hace dos millones de años, hasta hace unos 400.000, vivieron en el este de África más de quince especies de homínidos, parientes cercanos nuestros. En cualquier caso, este campo de conocimiento está en ebullición desde hace decenios, y cada nuevo descubrimiento enmaraña un poco más el árbol de nuestro pasado evolutivo… Por ejemplo, los fósiles y herramientas que están hallándose en 2011  en el yacimiento de Dmanisi en Georgia (donde se empezó a excavar en 1991) parecen apuntar a que Homo georgicus existía hace 1’85 millones de años, ¡antes de que Homo erectus saliera de África! Eso indicaría que la salida hacia Eurasia fue anterior en el tiempo –unos dos millones de años— y que la protagonizaría Homo habilis más que Homo erectus, el cual, quizá, habría evolucionado en Asia (a partir de Homo habilis) dando lugar a Homo erectus, quien después habría regresado a África –hace 1’6 millones de años aproximadamente— rebautizado como Homo ergaster… En fin, complicado.
[3] Jared Diamond Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Debate, Barcelona 2006.
[4] Una “carta al director” del diario El País, en febrero de 2016, decía: “Tan pronto como pueda, me mudaré a otro planeta; el nuestro ya no es un lugar saludable para vivir. En poco más de doscintos años lo hemos convertido en una gran factoría infecta. Los terrícolas nos hemos convertido en termitas insaciables devoradoras de recursos. Nuestra única finalidad en la vida parece no ser otra que el consumo desaforado en busca de un atisbo de felicidad. Hemos ensuciado la tierra, el agua y el aire y, ahora, pobres ignorantes, nos quejamos de que ellos nos ensucian a nosotros. Hemos heredado un paraíso y lo hemos convertido en un infierno maloliente, humeante y tóxico. La filosofía capitalista nos ha abducido el espíritu. El capitalismo es una droga tóxica y adictiva. Todo se lo perdonamos a cambio de una dosis diaria de consumo y artificio. Vivimos en un permanente baile de san Vito dando vueltas absurdas, estamos atrapados en una fuerza centrífuga de la que nadie puede escapar para pararse a reflexionar sobre el sinsentido que nos mueve. Nos han dicho que hay que subirse al tren del progreso y ahí vamos todos, como borregos, a gran velocidad y sin conductor ni destino cierto…” (Pedro Serrano, El País, 14 de febrero de 2016; http://elpais.com/elpais/2016/02/13/opinion/1455381986_747316.html ). Pero no habrá mudanzas a otro planeta…
[5] Harald Welzer, Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI, Katz, Madrid/ Buenos Aires 2011, p. 316.

jueves, 11 de mayo de 2017

SUCESOS POLICIALES



Lo vi todo. Vi la sangre. Vi al chico, a la pareja. Vi las luces intermitentes que llegaban al lugar de los hechos. Vi los puños lanzados al aire y los que acertaban a golpear al chico. Vi como caía estrepitosamente al suelo y como la pareja lo alzaba como si fuera una marioneta de madera sin vida, completamente noqueado. Vi como lo arrodillaban simulando una escena de un film en donde hay un pelotón de fusilamiento a punto de cumplir órdenes, pero en esta escena el pelotón se reduce a un total de dos personas y los fusiles son, en realidad, tan solo una linterna que a modo de juego es posicionada frente a la dentadura del muchacho que se encuentra arrodillado. Veo la sangre correr, veo la sangre correr por su boca, veo como el chico escupe sangre mientras grita y se caga en todos los hijos de puta del mundo. Veo como lo vuelven a encajonar y lo inmovilizan. Veo como uno de ellos lo presiona contra el pavimento con sus rodillas puestas sobre su espalda mientras saca unas esposas y mientras el otro le pisa la cabeza al mismo tiempo que toca la culata de su pistola como si fuera John Wayne o Clint Eastwood y la ciudad fuese el salvaje oeste. Veo la sangre, el charco cada vez más amplio y espeso. Veo cómo mantienen sus brazos esposados en alto y cómo tiran de ellos. El chico gritaba y maldecía como un poseso. Vi la luz intermitente acercarse. Una luz azul que se apoderaba de todo. Vi descuartizarse el mundo.


Víctor Mesa. Poemas rescatados de las llamas. Ed. Piedra Papel Libros, 2017

miércoles, 10 de mayo de 2017

3 poemas de POEMAS RESCATADOS DE LAS LLAMAS de VÍCTOR MESA




LA CHICANO

Aún la amas y no puedes decírselo,
cómo decirle que convive en un piso de alquiler
con un compañero que está loco y aún la ama,
un compañero que se pasa las noches en vela
revolviéndose en el colchón,
llamando a la sangre.


AHORA SÍ, CHICANO

Puedo mirarte a los ojos
sin perderme en una galaxia desconocida.


UN TIPO CANINO DE LARGA MELENA

Está canino y luce una larga melena. Cree verse y tiembla, está solo en el espejo. Sin café, sin lectura, sin un cigarrillo que llevarse a los labios, sin nada en el estómago, pues no hay nada que llevarse en estos días. Ha perdido su empleo y está a punto de cortarse la coleta. Apenas puede respirar. Está allí, solo en el cuarto de baño, ante el espejo. Un espejo en el que cree ver sus ojos, en el que cree ver los ojos de Johnny, los de Nadia, en el que cree ver todos los ojos que han venido hasta esa casa para ofrecer su luz y unos pocos brindis. Ojos que se fijan sobre sus propias pupilas mientras una lluvia de pelo se precipita sobre el lavabo. Ojos vidriosos repletos de sangre y de vida derramándose sobre un manual de supervivencia. Sus ojos. Sus ojos fijos sobre los tuyos mientras piensas en lo extraño que es pertenecerse, mientras piensas en todas esas nubes alejándose, mientras te preguntas si estas son tus córneas.




Víctor Mesa. Poemas rescatados de las llamas. Ed. Piedra Papel Libros, 2017