documentos de pensamiento radical

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viernes, 18 de marzo de 2016

LA LUZ



La luz, la luz desvistiendo
el hondo negror de tus iris.


(De Siete olas)


Elías Moro. En piel y huesos. ERE, 2009

jueves, 17 de marzo de 2016

EPÍLOGO







            Palabra que muerde un trozo
                del pan de la verdad
                              
                               Jorge Riechmann


Ya no hay caminos.
La tormenta
ha borrado de un plumazo
las rutas seguras
a salvo de los bárbaros.
La brújula se ha dislocado.
Nos sentimos mareados
en medio de la inmensidad del mundo,
sin certezas ni maestros, solos
y a la intemperie.
Ya ni siquiera sabemos leer los mapas.
Todo nuestro mundo
parece del revés.
Ya nadie sueña.
Las palabras grandes
asustan
o cansan
y se prefiere el vértigo.
Nos conducen como a ovejas.
Boqueamos
a la manera de los peces
―asfixiados y enajenados de nosotros mismos―
fuera del agua que nos vio nacer.
Todas las palabras
parecen huecas.
Hablamos y hablamos,
decimos y decimos…
Y cada vez más ruido.
Ni una sola voz
para encontrarnos
y celebrar el milagro
de nuestra carne hecha palabra,
de nuestra piel hecha nosotros.
Como si solo hubiera verbos para separar
y hacer más hondo / el pozo
de nuestro vacío profundo.

No, yo no quiero decir
con vuestras voces
ni vivir por encargo
ni anhelar vuestros deseos.
Yo quiero una palabra que me limpie
y me enseñe dónde están
nuestras cadenas.
Yo quiero una palabra
que sea cizalla
y abra puertas / siempre,
una palabra que abra, que abra, que abra…
y nunca cierre.
Una palabra capaz
de florecerme entre los labios
y calmar mi sed de siglos.

Eso es lo que busco:
una palabra
para nombrar de nuevo al hombre.





Juan Cruz López. El nombre de los hombres. Ed. Baile del Sol, 2016

miércoles, 16 de marzo de 2016

La memoria encendida




Sello de Correos                       


Tras varios estudios,
estoy en disposición
de aseverar
que el sello de correos
lo inventó un republicano.

Éste, hablando con otros afines
sobre la revolución francesa,
exclamó:

Que rule, que rule la cabeza.

3 poemas de EL NOMBRE DE LOS HOMBRES de JUAN CRUZ LÓPEZ



II

De nuevo luz
y calor
para pasar la noche
y una tribu de palabras nuevas
con las que celebrar mi suerte.
Sentí caer dentro de mí
las primeras gotas.
La esperanza
            poco a poco
me fue llenando
hasta colmar el pozo.
Si no saciado,
pude recuperar
al menos la lengua.




VI

Eché de nuevo a andar;
toqué mi rostro.
Supe reconocerme
por las cuencas vacías
de mis ojos velados.
Solo entonces adiviné
que estaba ciego.

Veía con la lengua
desde hacía tanto…




VII

Es muy alto
            siempre
para los valientes
el precio a pagar.

Jamás fui yo
uno de ellos.





Juan Cruz López. El nombre de los hombres. Ed. Baile del Sol, 2016

martes, 15 de marzo de 2016

4 poemas de EL NOMBRE DE LOS HOMBRES de JUAN CRUZ LÓPEZ



VI



La pesadilla es ser
uno más
de los que callan.
La pesadilla es
no merecer el nombre
de los hombres.
La pesadilla es una piel
podrida por el oro
y un corazón de piedra,
los ojos velados
por las cenizas de un fuego
hace tiempo extinto.
La pesadilla es
dormir arropado
por la sábana de la mentira,
despertar, abúlico y solo,
sin memoria del horror
bajo los párpados.
La pesadilla es ver
pasar el tren / con los cautivos
y girar la cabeza
como un cobarde más…
La pesadilla es
perder el nombre
entre los hijos de los hombres,
ser
            uno menos

de los que siempre fueron menos.





XIII

No,
yo no sé dónde se encuentra
la palabra
sobre la cual edificar
la casa / nueva del hombre.
Guardo tan pocas
en los bolsillos…
Yo no sé dónde se encuentra,
pero aún me quedan fuerzas
para buscarla.
Al fin y al cabo,
mi vida se alimenta
de esa raíz
tan vieja como el mundo.





XIV

Se trata de buscar
                           respuestas
en el desierto interminable
de nuestra oscura condición.





X

Un ovillo de polvo
en la garganta.
Primero el mutismo
y después el llanto.
Luego la asfixia.
Garras en vez de manos.

Somos el animal que balbucea,
incapaz de pronunciar su nombre.

Somos
lo que menos somos.




Juan Cruz López. El nombre de los hombres. Ed. Baile del Sol, 2016

lunes, 14 de marzo de 2016

Poema XXIX de LAS HORAS Y LOS LABIOS de EDUARDO MOGA



La carne ha muerto. ¿O aún excede a sus escamas y a su vejez, y entrega a la mirada el aroma de los dedos, los dedos deseantes? La carne ha muerto, sí: despliega sus pañuelos tristes como un alma expugnada por la posesión. (Asoma el sujetador; un lunar, luciente, alborota la blancura). Ahí, en la intersección de la lengua y la caída, la carne ocurre, se distiende, construye su caducidad, las manos a que da forma la ceniza, se alicata de horas, de besos enmascarados, como un ídolo frío. Mas no: la carne no ha muerto todavía, como no muere el plasma de la flor, como no muere el grito de los niños que traspasa la ventana y cuaja, anaranjado, en la nada espesa del cuarto. Hay una grieta en lo gris, algo antiguo que recorre el pubis rumoroso; hay un yeso inflamado, un acto de sol, un hielo cálido, que centellea en el firmamento de las sábanas. (Las arrugas se desperezan: advierto su claridad córnea, el mortecino relámpago. Las zapatillas nos miran. Somos prisioneros de nuestros cuerpos: de las adherencias de nuestros cuerpos, del peso de la oquedad que somos. La ropa, abandonada, espera).
Y lo toco como quien encuentra una moneda o una eternidad.
Lo he tocado tantas veces que ya no tiene rostro. Su rostro está en mis manos, dentro de mis manos, dormido como un ángel viejo.
Sin embargo, hay tibieza. La piel no se interpone entre el cuerpo y su temblor. La piel tiene los ojos muy abiertos y una luz ebria y cansada y derrumbaderos en los que los dedos encuentran otras pieles menos dóciles, sombras tuyas que no he visto, materia silenciosa en la que grana tu presencia. Tropiezo con besos desfondados, que entorpecen la mirada, pero los aparto como a sombras y alcanzo tu ebullición tranquila; observo el cielo inerte, recorrido por cometas nupciales, pero convengo en tus núcleos, opto por la suavidad con que me creas; me salpica la gran ubre de las horas, pero me guarezco en tus pausas, y descorro el telón de lo que somos, y hallo larvas queridas, algo suplicante, parecido a la existencia, donde gotea el fuego. Las manos continúan, nadan, duran mucho más que mis manos, se enredan en el promontorio de los pezones: sus crestas son un estallido firme, del que penden bulbos enormes. (No he de olvidarme de poner el despertador, ni de coger, por la mañana, el libro de Perse. Ah, debería ser impasible como los relojes). Las manos, pues, encadenadas a ti, comprenden el instante, el advenimiento del sudor, y regresa aquel sudor que nos alojaba, la incertidumbre en que éramos uno. Y observan la carne cuando aún es carne invicta, mas ya en la frontera de la ablación, cuando aún arrastra el lastre inmaterial, cuando es féretro y no es féretro, sino azahar que perfuma la noche, índigo de más madrugada. Una inseguridad de rótulas, una brisa de temblores solos, la sonrisa lejana de los pies: toda latitud se empapa de boca; por todo espacio cruzan encías y pájaros. (Abrazo el gemido. Un jogger cruza la calle. Una ráfaga de aire se lleva de la mesa el borrador del penúltimo poema: éste).
Y el cuerpo que es otro y el mismo, el cuerpo que escapa de su envoltura y trasciende en fractal, el cuerpo cuya carne migra, pero que perdura en mi boca, sabiéndose más lluvia, más crisantemo o casa, más dolor mitigado por que también yo me duelo, el cuerpo que mira hacia sí como tus ojos, acariciados, me miran y me dicen “sé, somos, muramos, llaga, yazco, rayo”, y descubre el eco de lo vivido, la vibración que agita enormidades y hojas, el recuerdo urente del primer cuerpo, el cuerpo que dialoga con la carne, que conoce sus fiebres y sus grasas, que vuela en ella y se hunde en ella, que declina en su elevación y en su fulgor.
Hace calor. Es un calor desnudo, que envuelve los cuerpos en que he nacido.
La carne, es verdad, no ha muerto, pero su caminar es lento. Nosotros lo obstruimos: con nuestro conocimiento.
Te tapas, como todas las noches, con la sábana y no tardas en quedarte dormida.


Eduardo Moga. Las horas y los labios. DVD Ediciones, 2003




domingo, 13 de marzo de 2016

dos poemas de LAS HORAS Y LOS LABIOS de EDUARDO MOGA



[Poema XXII]

La ropa tendida ha dejado de moverse. Las moscas ya no vuelan. No oigo los relojes ni las miradas. Un prolongado aguijón atraviesa el cristal desnudo que circunda la carne, lo solo de una calle imprecisa, la supuración de los sauces y las sombras.
Lo que quiero es que te vengas a  vivir conmigo.
La boca sabe a caucho. El dolor, acequia insomne, riega, otra vez, los cartílagos, las laderas de la intimidad. El cuerpo se despliega como un animal excesivo: se siente, cruelmente, cuerpo, sombra del cuerpo, éxtasis y humillación del cuerpo, artefacto que conviene al fuego y a la licuefacción del fuego. Y tropiezan los ojos y se cuartean los pómulos y se sublevan las cosas interiores, y el cuerpo lucha por desprenderse de este mármol que desordena, de este mármol con senos y eternidad que ocupa sus pensamientos como una noche quemante, como una multitud manchada de amor. La monotonía es un esqueleto que sonríe. La monotonía se derrama en los cuencos del alma, y redondea sus anfractuosidades, sin que se estremezca ni una sola hebra de su oscuridad. En la monotonía veo una plaza sin nadie, crepitante de silencio y de cigarras, cuyo polvo se levanta en tolvaneras dolorosas cuando sopla el mal, cuando pezones centinelas se allegan, nuevamente, a mis pezones. (¿Qué suscita esta metástasis? ¿Qué lluvioso poder acompaña a un aroma tan frágil? ¿Por qué se desprenden estos volúmenes malos del árbol frenético de los días?)
Una gaviota adorna, como una gárgola, el balcón de una fachada ennegrecida.
Prométeme que querrás a mis hijos, prométeme que no te reducirás los pechos, prométeme que estarás siempre dispuesta.
Un autobús espanta a la gaviota. Un fragor sucio envuelve a los cuerpos que esperan junto a los semáforos.

Prométeme que nunca me harás esto.
Y los muslos remontan los muslos. Y se apresura la sal de la lentitud, que recojo con la lengua temblorosa. Y la lengua atraviesa la lengua y el acero. Y el cielo es manos, y aquello en que se posan las manos. Y los dedos son hambre. Tú me has hecho sentir cosas que no había sentido con nadie. Y los muslos, enzarzados, alcanzan la médula del instante, la lápida de lo nunca sido. Y los ojos lamen y saquean y penetran en lo oscuro. Y la blusa cae. Y el aire cae. Y los vientres se levantan y caen y se levantan y se enceguecen de mucosas. Sólo con oírte al teléfono me humedezco. Y el silencio alcanza el límite de la saliva, y lo acaricia. Y las formas intercambian sus centros, se desnudan de escamas y escaleras, hasta que ya no sé dónde están mis brazos, el pene aturdido, la península de los sueños, los nombres. Esta tarde no te pongas nada debajo. Y cae la piel, que descubre sus sabrosos barrizales, sus diamantes escondidos, y se vuelve a incorporar, como una ola del yo, como una murmurada cadena. (El yo es quebradizo: depende de una mano que alza el vuelo y el orgasmo, y que se convierte en nuestra mano). Y la piel, al caer, es más piel, más concentración de baba y piel, más pureza agolpada o ebriedad de dientes. Y encuentro dureza en el sudor y en las entrañas, donde bate un viento espeso, palabras que arañan y gotean, hendiduras coléricas, zumo entreabierto. Me gusta esta urgencia; significa que me deseas. Y todo se desmorona en un golpe rojo, en una sucesión de espasmos que burla al tiempo y deshace el conglomerado de los días, en un hueco voraz en el que me arrebujo para saberme cosa, nada, dios, brizna poseída por el mundo, o alimentada por su demolición.
¿Me quieres?
Y todo esto sucede mientras cruzo una calle a la que mi delirio proporciona una dolorosa exactitud.



 [Poemas XXIII]

 He vuelto otra vez a la casa y he visto su silencio y he oído su permanencia. Olía a fruta cansada. Todas las casas huelen; todas son el producto de un beso, fundido en sus estucos, que despierta a los pasos susurrantes. En su sopor, amarillo de luna e insecticida, he tocado la ausencia, el amor que gotea de los grifos, el bostezar del sol en las paredes.

También huele -a penumbra- el vestíbulo de la escalera. Los buzones respiran el polen de los plátanos. Un útero sepia, enmarañado de azulejos, envuelve los pasos. El útero contiene cicatrices y cañerías. En sus pliegues, detrás de la electricidad, el tiempo se atenúa, se hace capullo de sombra o ladrido sin ojos, resucita en eyaculación fría, en madrugada confundida con la muerte.
Aún hay serrín en el suelo. Es el mismo serrín que pisaba en los otoños viejos, cuando estaban unidos los labios y el cielo, y las palabras decantaban una miel abstracta, y yo compartía la eternidad de las cosas, su luz varada y buena.
Este crío habla como un viejo.
(Es protestante, me dijo, en voz baja, la abuela. Luego se secó las manos en el mandil y desapareció, revoloteando, en su cuarto).
He abierto la puerta. O la puerta me ha abierto a mí. Me reciben los geranios asustados, la algarabía del polvo, la resignación del hule y las bovinas. Reconozco los lugares donde mi madre desconocía el orgasmo. Reconozco la plenitud de tanta fugacidad, lo esférico de las sábanas, el armario en que amontonaba los libros, la silla desde la que veía volar a las golondrinas las tardes lentísimas de junio, cuyo sol fermentado, deshecho en grises soñolientos, anunciaba duración y fuego. Y reconozco, en este remolino de indolencia, el yo: su disolución.
Y aquí lluevo. Y las cenizas recogen mi lluvia y se esponjan como si regresaran de un largo exilio. Y las cenizas llueven en mí, y me sofoca su alegría. Aquí no hay personas contra las que choque y en cuyo interior resuenen unos pocos huesos olvidados, ni abrazos que subrayen la distancia entre las pieles, ni el silencio amargo de estar vivo y muriendo, sino la lentitud de los párpados que se abaten sobre los labios menesterosos, los pechos apagados en el crecimiento de la sumisión y la lejía, las manos que sostienen serpientes y libros, látigos y serenidad.
Ya puedes empezar a pegar.
Y cayó un fuego quíntuple, una silbante antorcha de cuero, en el cuerpo que aún no era, que me hacía y me dañaba, que buscaba sus frutos como un arroyo escapando. Y el fuego aumentó el amor, como el rayo aumenta la noche. Y crecieron amapolas negras frente al televisor indiferente.
No obstante, la casa está viva: me acaricia con ferocidad, descompone mi nombre en muchos nombres, inventa a un niño en cada rodapiés gastado, en cada sombra gastada, en cada trapo que me mira, laxo como un perro que dormitase a la sombra de un muro. Y muere. La casa es sus muertos. La casa soy yo. Riego los potos. No les eches demasiada agua: los estrangularás. (La palabra estrangularás caracolea en el recuerdo, del que, sin embargo, se ha borrado la cara de quien la pronunció). Dejo el correo en la mesa, junto a una libreta, desplegada como una mariposa sucia, que aún conserva su caligrafía: la caligrafía de lo ido. Has de ser el número uno, siempre el número uno. Y me abrasa la suavidad de sus manos, el vinagre de sus manos, su inaccesible enormidad. Los cuerpos, apéndices de las lágrimas, desprenden un vapor triste. Los cuerpos son invisibles y ambiguos, islas de sufrimiento y seda. No ha variado la textura de su muerte: su ausencia es, será la misma durante toda la eternidad. Suena un reloj pobre. La casa huele a nadie.
Supimos que se había construido en 1930 porque, cuando mis padres reformaron la cocina, los albañiles descubrieron, en la argamasa del horno de carbón, un trozo de periódico de un día de aquel año.
Acuéstate, hijo, y descansa. La cama está recién hecha.
Un gato me mira, inmóvil y minucioso, desde el tejado del patio, al otro lado del balcón, en cuyas barandas se posan todavía, a veces, las palomas.


 Eduardo Moga. Las horas y los labios. DVD Ediciones, 2003