documentos de pensamiento radical
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viernes, 18 de marzo de 2016
jueves, 17 de marzo de 2016
EPÍLOGO
Palabra que muerde un trozo
del pan de la verdad
Jorge Riechmann
Ya no hay caminos.
La tormenta
ha borrado de un plumazo
las rutas seguras
a salvo de los bárbaros.
La brújula se ha dislocado.
Nos sentimos mareados
en medio de la inmensidad del mundo,
sin certezas ni maestros, solos
y a la intemperie.
Ya ni siquiera sabemos leer los mapas.
Todo nuestro mundo
parece del revés.
Ya nadie sueña.
Las palabras grandes
asustan
o cansan
y se prefiere el vértigo.
Nos conducen como a ovejas.
Boqueamos
a la manera de los peces
―asfixiados y enajenados de nosotros mismos―
fuera del agua que nos vio nacer.
Todas las palabras
parecen huecas.
Hablamos y hablamos,
decimos y decimos…
Y cada vez más ruido.
Ni una sola voz
para encontrarnos
y celebrar el milagro
de nuestra carne hecha palabra,
de nuestra piel hecha nosotros.
Como si solo hubiera verbos para separar
y hacer más hondo / el pozo
de nuestro vacío profundo.
No, yo no quiero decir
con vuestras voces
ni vivir por encargo
ni anhelar vuestros deseos.
Yo quiero una palabra que me limpie
y me enseñe dónde están
nuestras cadenas.
Yo quiero una palabra
que sea cizalla
y abra puertas / siempre,
una palabra que abra, que abra, que abra…
y nunca cierre.
Una palabra capaz
de florecerme entre los labios
y calmar mi sed de siglos.
Eso es lo que busco:
una palabra
para nombrar de nuevo al hombre.
Juan Cruz López. El nombre de los hombres. Ed. Baile del Sol, 2016
miércoles, 16 de marzo de 2016
La memoria encendida

Sello
de Correos
Tras varios estudios,
estoy en disposición
de aseverar
que el sello de correos
lo inventó un republicano.
Éste, hablando con otros afines
sobre la revolución francesa,
exclamó:
Que rule, que rule la cabeza.
3 poemas de EL NOMBRE DE LOS HOMBRES de JUAN CRUZ LÓPEZ
De
nuevo luz
y calor
para pasar
la noche
y una
tribu de palabras nuevas
con las
que celebrar mi suerte.
Sentí caer
dentro de mí
las
primeras gotas.
La
esperanza
poco a poco
me fue
llenando
hasta
colmar el pozo.
Si no
saciado,
pude
recuperar
al menos
la lengua.
VI
Eché de
nuevo a andar;
toqué mi
rostro.
Supe reconocerme
por las
cuencas vacías
de mis
ojos velados.
Solo
entonces adiviné
que estaba
ciego.
Veía con
la lengua
desde
hacía tanto…
VII
Es
muy alto
siempre
para los
valientes
el precio
a pagar.
Jamás fui
yo
uno de
ellos.
Juan Cruz López. El nombre de los hombres. Ed. Baile del Sol, 2016
martes, 15 de marzo de 2016
4 poemas de EL NOMBRE DE LOS HOMBRES de JUAN CRUZ LÓPEZ
VI
La
pesadilla es ser
uno más
de los que
callan.
La
pesadilla es
no merecer
el nombre
de los
hombres.
La
pesadilla es una piel
podrida
por el oro
y un
corazón de piedra,
los ojos velados
por las
cenizas de un fuego
hace
tiempo extinto.
La
pesadilla es
dormir
arropado
por la
sábana de la mentira,
despertar,
abúlico y solo,
sin
memoria del horror
bajo los
párpados.
La
pesadilla es ver
pasar el
tren / con los cautivos
y girar la
cabeza
como un
cobarde más…
La
pesadilla es
perder el
nombre
entre los
hijos de los hombres,
ser
uno menos
de los que
siempre fueron menos.
XIII
No,
yo no sé
dónde se encuentra
la palabra
sobre la
cual edificar
la casa / nueva
del hombre.
Guardo tan
pocas
en los
bolsillos…
Yo no sé
dónde se encuentra,
pero aún
me quedan fuerzas
para
buscarla.
Al fin y
al cabo,
mi vida se
alimenta
de esa
raíz
tan vieja
como el mundo.
XIV
Se trata
de buscar
respuestas
en el
desierto interminable
de nuestra
oscura condición.
X
Un
ovillo de polvo
en la
garganta.
Primero el
mutismo
y después
el llanto.
Luego la
asfixia.
Garras en
vez de manos.
Somos el
animal que balbucea,
incapaz de
pronunciar su nombre.
Somos
lo que
menos somos.
Juan Cruz López. El nombre de los hombres. Ed. Baile del Sol, 2016
lunes, 14 de marzo de 2016
Poema XXIX de LAS HORAS Y LOS LABIOS de EDUARDO MOGA
La
carne ha muerto. ¿O aún excede a sus escamas y a su vejez, y entrega
a la mirada el aroma de los dedos, los dedos deseantes? La carne ha muerto, sí:
despliega sus pañuelos tristes como un alma expugnada por la posesión. (Asoma
el sujetador; un lunar, luciente, alborota la blancura). Ahí, en la
intersección de la lengua y la caída, la carne ocurre, se distiende, construye
su caducidad, las manos a que da forma la ceniza, se alicata de horas, de besos
enmascarados, como un ídolo frío. Mas no: la carne no ha muerto todavía, como
no muere el plasma de la flor, como no muere el grito de los niños que traspasa
la ventana y cuaja, anaranjado, en la nada espesa del cuarto. Hay una grieta en
lo gris, algo antiguo que recorre el pubis rumoroso; hay un yeso inflamado, un
acto de sol, un hielo cálido, que centellea en el firmamento de las sábanas.
(Las arrugas se desperezan: advierto su claridad córnea, el mortecino
relámpago. Las zapatillas nos miran. Somos prisioneros de nuestros cuerpos: de
las adherencias de nuestros cuerpos, del peso de la oquedad que somos. La ropa,
abandonada, espera).
Y lo toco como quien
encuentra una moneda o una eternidad.
Lo he tocado tantas
veces que ya no tiene rostro. Su rostro está en mis manos, dentro de mis manos,
dormido como un ángel viejo.
Sin embargo, hay
tibieza. La piel no se interpone entre el cuerpo y su temblor. La piel tiene
los ojos muy abiertos y una luz ebria y cansada y derrumbaderos en los que los
dedos encuentran otras pieles menos dóciles, sombras tuyas que no he visto,
materia silenciosa en la que grana tu presencia. Tropiezo con besos
desfondados, que entorpecen la mirada, pero los aparto como a sombras y alcanzo
tu ebullición tranquila; observo el cielo inerte, recorrido por cometas
nupciales, pero convengo en tus núcleos, opto por la suavidad con que me creas;
me salpica la gran ubre de las horas, pero me guarezco en tus pausas, y
descorro el telón de lo que somos, y hallo larvas queridas, algo suplicante,
parecido a la existencia, donde gotea el fuego. Las manos continúan, nadan,
duran mucho más que mis manos, se enredan en el promontorio de los pezones: sus
crestas son un estallido firme, del que penden bulbos enormes. (No he de
olvidarme de poner el despertador, ni de coger, por la mañana, el libro de
Perse. Ah, debería ser impasible como los relojes). Las manos, pues, encadenadas
a ti, comprenden el instante, el advenimiento del sudor, y regresa aquel sudor
que nos alojaba, la incertidumbre en que éramos uno. Y observan la carne cuando
aún es carne invicta, mas ya en la frontera de la ablación, cuando aún arrastra
el lastre inmaterial, cuando es féretro y no es féretro, sino azahar que
perfuma la noche, índigo de más madrugada. Una inseguridad de rótulas, una
brisa de temblores solos, la sonrisa lejana de los pies: toda latitud se empapa
de boca; por todo espacio cruzan encías y pájaros. (Abrazo el gemido. Un jogger cruza la calle. Una ráfaga de
aire se lleva de la mesa el borrador del penúltimo poema: éste).
Y el cuerpo que es otro
y el mismo, el cuerpo que escapa de su envoltura y trasciende en fractal, el
cuerpo cuya carne migra, pero que perdura en mi boca, sabiéndose más lluvia,
más crisantemo o casa, más dolor mitigado por que también yo me duelo, el
cuerpo que mira hacia sí como tus ojos, acariciados, me miran y me dicen “sé, somos, muramos, llaga, yazco, rayo”,
y descubre el eco de lo vivido, la vibración que agita enormidades y hojas, el
recuerdo urente del primer cuerpo, el cuerpo que dialoga con la carne, que
conoce sus fiebres y sus grasas, que vuela en ella y se hunde en ella, que
declina en su elevación y en su fulgor.
Hace calor. Es un calor
desnudo, que envuelve los cuerpos en que he nacido.
La carne, es verdad, no
ha muerto, pero su caminar es lento. Nosotros lo obstruimos: con nuestro
conocimiento.
Te tapas, como todas las
noches, con la sábana y no tardas en quedarte dormida.
Eduardo Moga. Las horas y los labios. DVD Ediciones, 2003
domingo, 13 de marzo de 2016
dos poemas de LAS HORAS Y LOS LABIOS de EDUARDO MOGA
[Poema XXII]
La ropa tendida ha dejado de moverse. Las
moscas ya no vuelan. No oigo los relojes ni las miradas. Un prolongado aguijón
atraviesa el cristal desnudo que circunda la carne, lo solo de una calle
imprecisa, la supuración de los sauces y las sombras.
Lo
que quiero es que te vengas a vivir
conmigo.
La boca sabe a caucho.
El dolor, acequia insomne, riega, otra vez, los cartílagos, las laderas de la
intimidad. El cuerpo se despliega como un animal excesivo: se siente,
cruelmente, cuerpo, sombra del cuerpo, éxtasis y humillación del cuerpo,
artefacto que conviene al fuego y a la licuefacción del fuego. Y tropiezan los
ojos y se cuartean los pómulos y se sublevan las cosas interiores, y el cuerpo
lucha por desprenderse de este mármol que desordena, de este mármol con senos y
eternidad que ocupa sus pensamientos como una noche quemante, como una multitud
manchada de amor. La monotonía es un esqueleto que sonríe. La monotonía se derrama
en los cuencos del alma, y redondea sus anfractuosidades, sin que se estremezca
ni una sola hebra de su oscuridad. En la monotonía veo una plaza sin nadie,
crepitante de silencio y de cigarras, cuyo polvo se levanta en tolvaneras
dolorosas cuando sopla el mal, cuando pezones centinelas se allegan,
nuevamente, a mis pezones. (¿Qué suscita esta metástasis? ¿Qué lluvioso poder
acompaña a un aroma tan frágil? ¿Por qué se desprenden estos volúmenes malos del
árbol frenético de los días?)
Una gaviota adorna, como
una gárgola, el balcón de una fachada ennegrecida.
Prométeme
que querrás a mis hijos, prométeme que no te reducirás los pechos, prométeme
que estarás siempre dispuesta.
Un autobús espanta a la gaviota. Un fragor sucio envuelve a
los cuerpos que esperan junto a los semáforos.
Prométeme
que nunca me harás esto.
Y los muslos remontan
los muslos. Y se apresura la sal de la lentitud, que recojo con la lengua
temblorosa. Y la lengua atraviesa la lengua y el acero. Y el cielo es manos, y
aquello en que se posan las manos. Y los dedos son hambre. Tú me has hecho sentir cosas que no había sentido con nadie. Y los
muslos, enzarzados, alcanzan la médula del instante, la lápida de lo nunca
sido. Y los ojos lamen y saquean y penetran en lo oscuro. Y la blusa cae. Y el
aire cae. Y los vientres se levantan y caen y se levantan y se enceguecen de
mucosas. Sólo con oírte al teléfono me
humedezco. Y el silencio alcanza el límite de la saliva, y lo acaricia. Y las formas intercambian sus centros,
se desnudan de escamas y escaleras, hasta que ya no sé dónde están mis brazos,
el pene aturdido, la península de los sueños, los nombres. Esta tarde no te pongas nada debajo. Y cae la piel, que descubre
sus sabrosos barrizales, sus diamantes escondidos, y se vuelve a incorporar,
como una ola del yo, como una murmurada cadena. (El yo es quebradizo: depende
de una mano que alza el vuelo y el orgasmo, y que se convierte en nuestra
mano). Y la piel, al caer, es más piel, más concentración de baba y piel, más
pureza agolpada o ebriedad de dientes. Y encuentro dureza en el sudor y en las
entrañas, donde bate un viento espeso, palabras que arañan y gotean, hendiduras
coléricas, zumo entreabierto. Me gusta
esta urgencia; significa que me deseas. Y todo se desmorona en un golpe
rojo, en una sucesión de espasmos que burla al tiempo y deshace el conglomerado
de los días, en un hueco voraz en el que me arrebujo para saberme cosa, nada,
dios, brizna poseída por el mundo, o alimentada por su demolición.
¿Me
quieres?
Y todo
esto sucede mientras cruzo una calle a la que mi delirio proporciona una
dolorosa exactitud.
[Poemas XXIII]
He
vuelto otra vez a la casa y he visto su silencio y he oído su
permanencia. Olía a fruta cansada. Todas las casas huelen; todas son el
producto de un beso, fundido en sus estucos, que despierta a los pasos
susurrantes. En su sopor, amarillo de luna e insecticida, he tocado la ausencia,
el amor que gotea de los grifos, el bostezar del sol en las paredes.
También huele -a
penumbra- el vestíbulo de la escalera. Los buzones
respiran el polen de los plátanos. Un útero sepia, enmarañado de azulejos,
envuelve los pasos. El útero contiene cicatrices y cañerías. En sus pliegues,
detrás de la electricidad, el tiempo se atenúa, se hace capullo de sombra o
ladrido sin ojos, resucita en eyaculación fría, en madrugada confundida con la
muerte.
Aún hay
serrín en el suelo. Es el mismo serrín que pisaba en los otoños viejos, cuando
estaban unidos los labios y el cielo, y las palabras decantaban una miel
abstracta, y yo compartía la eternidad de las cosas, su luz varada y buena.
Este
crío habla como un viejo.
(Es protestante, me
dijo, en voz baja, la abuela. Luego se secó las manos en el mandil y desapareció,
revoloteando, en su cuarto).
He abierto la puerta. O
la puerta me ha abierto a mí. Me reciben los geranios asustados, la algarabía
del polvo, la resignación del hule y las bovinas. Reconozco los lugares donde
mi madre desconocía el orgasmo. Reconozco la plenitud de tanta fugacidad, lo
esférico de las sábanas, el armario en que amontonaba los libros, la silla
desde la que veía volar a las golondrinas las tardes lentísimas de junio, cuyo
sol fermentado, deshecho en grises soñolientos, anunciaba duración y fuego. Y
reconozco, en este remolino de indolencia, el yo: su disolución.
Y aquí lluevo. Y las
cenizas recogen mi lluvia y se esponjan como si regresaran de un largo exilio.
Y las cenizas llueven en mí, y me sofoca su alegría. Aquí no hay personas
contra las que choque y en cuyo interior resuenen unos pocos huesos olvidados,
ni abrazos que subrayen la distancia entre las pieles, ni el silencio amargo de
estar vivo y muriendo, sino la lentitud de los párpados que se abaten sobre los
labios menesterosos, los pechos apagados en el crecimiento de la sumisión y la
lejía, las manos que sostienen serpientes y libros, látigos y serenidad.
Ya
puedes empezar a pegar.
Y cayó un fuego
quíntuple, una silbante antorcha de cuero, en el cuerpo que aún no era, que me
hacía y me dañaba, que buscaba sus frutos como un arroyo escapando. Y el fuego
aumentó el amor, como el rayo aumenta la noche. Y crecieron amapolas negras frente
al televisor indiferente.
No obstante, la casa
está viva: me acaricia con ferocidad, descompone mi nombre en muchos nombres,
inventa a un niño en cada rodapiés gastado, en cada sombra gastada, en cada
trapo que me mira, laxo como un perro que dormitase a la sombra de un muro. Y
muere. La casa es sus muertos. La casa soy yo. Riego los potos. No les eches demasiada agua: los
estrangularás. (La palabra estrangularás
caracolea en el recuerdo, del que, sin embargo, se ha borrado la cara de
quien la pronunció). Dejo el correo en la mesa, junto a una libreta, desplegada
como una mariposa sucia, que aún conserva su caligrafía: la caligrafía de lo
ido. Has de ser el número uno, siempre el
número uno. Y me abrasa la suavidad de sus manos, el vinagre de sus manos,
su inaccesible enormidad. Los cuerpos, apéndices de las lágrimas, desprenden un
vapor triste. Los cuerpos son invisibles y ambiguos, islas de sufrimiento y
seda. No ha variado la textura de su muerte: su ausencia es, será la misma
durante toda la eternidad. Suena un reloj pobre. La casa huele a nadie.
Supimos que se había
construido en 1930 porque, cuando mis padres reformaron la cocina, los
albañiles descubrieron, en la argamasa del horno de carbón, un trozo de periódico
de un día de aquel año.
Acuéstate,
hijo, y descansa. La cama está recién hecha.
Un gato me mira, inmóvil
y minucioso, desde el tejado del patio, al otro lado del balcón, en cuyas
barandas se posan todavía, a veces, las palomas.
Eduardo Moga. Las horas y los labios. DVD Ediciones, 2003
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