LA HERIDA DEL
MUNDO
Que el pensar no
deje de consolarte,
que no te
obnubile el fervor
cuando
la pasión te ciegue.
Ve,
acércate y hurga con tus dedos
hasta
mancharte en la herida del mundo
o
en la espalda mojada de la vida,
allí
donde la sangre se confunde con el barro.
Así,
más adentro, más adentro.
Ve
luego y escarba con tus manos
en
los estercoleros de la infamia, en la trastienda
de
la miseria y en la sala de máquinas de la explotación,
en
la factoría de todas las conspiraciones
y
en la despensa abarrotada del hambre.
Ve
después y observa hasta no poder más,
hasta
perforar si es preciso la catarata
que
te ciega y te impide apreciar la raíz del aire,
el
corazón de la barbarie, la idea de la luz
y
el secreto que guardan todos los caminos.
Sabrás
entonces que en ocasiones el frío sucede al frío,
la
palabra sola no basta y a veces está de más.
Intuirás
de ese modo que callar es un crimen
y
que el silencio tiene un precio que más pronto
o
más tarde tendrás que estar dispuesto a pagar.
Que
la fragilidad sea tu fortaleza,
que
no te pierda la seguridad
cuando la incertidumbre te ponga en
camino.
Cuando
la palabra se queda sin palabras
la disidencia da sentido al relato de
los hechos
y la norma se escribe del revés,
contra el viento, al margen del libro.
Decir al enmudecer. Construir al romper.
Avanzar al detenernos
y regresar sobre nuestros pasos.
Ahí, en ese espacio sin límite,
impreciso,
vago y fuera de todo lugar, hablar
al callar, hacer al deshacer, escribir
al tachar.
Y en ese tiempo sin tiempo, sin hora,
sin memoria de pasado ni posibilidad de
futuro,
sentir el vértigo de una voz en caída
libre.
«Dicho y hecho» es un decir
en el que el verbo da testimonio
de su acción al pronunciarse.
Cuando la palabra pone en juego su
sentido,
al borde de los acantilados, fuera de la
ley,
aguarda el frío, está la muerte, el
amanecer
acompaña el trance de una blanca y
callada despedida.
***
Ser en la ausencia. Hacerse presente
como construcción del pensamiento:
imagen y deseo de una idea.
Blanco en lo blanco:
puente de luz, raíz del aire,
metáfora de espuma en los senderos del
agua.
No es tu conciencia sino tu palabra
la que sin quererlo y sin desmayo te
traiciona:
vives fuera de ti porque llevas un mundo
dentro.
LA TIERRA
QUEMADA
Cuando la devastación haya concluido su
trabajo,
¿quién avivará el fuego en las mañanas
de invierno?,
¿quién dará testimonio con su palabra?,
¿quién conservará en sus pupilas los
paisajes de la memoria?,
¿quién calmará la sed de todos los
vencidos?,
¿quién abonará de nuevo el labrantío de
la tierra quemada?,
¿quién rasgará con su faca la línea
quebrada del horizonte?,
¿quién dirá sin temblar «esta boca es
mía» en contra del tirano?
Entre los pliegues de su corazón el
bosque aún protege su secreto.
LA SENDA DEL VIENTO
El
mundo se esconde detrás de la palabra.
Aparece
la palabra
para
que desaparezca el mundo.
Polvo
en el viento, relato de nadie.
Y,
mientras tanto —ya lo ves, ya lo sabes—
todo
eso sigue su curso sin porqué.
El
sendero se abre al caer la noche.
Cuando
se desangra la lluvia
aún
palpita un corazón atenazado por el frío.
CALOR DEL FRÍO
Poética del borde:
rescatar
entre montañas de escombros
los materiales de desecho
y los puntos ciegos
que han quedado abandonados
en los vertederos de la memoria,
al margen del camino,
bucear
en los mares de la infamia
hasta dar con el hueco
donde se pierde el deseo
y ser ya un hombre libre,
un hombre,
atravesar
los túneles que recorren
de norte a sur
el corazón destrozado de la tierra
y respirar
junto a los que luchan por respirar,
adentrarse
por las cañerías de la historia,
esos orificios negros
donde se amontonan los miserables
que el débil recuerdo
ha arrastrado al olvido,
recuperar
las voces de los excluidos
y reventados por el poder,
explorar
en las factorías de la verdad
hasta desenmascarar la fórmula
de todas sus falacias,
dejarse arrastrar
por ese débordement
que borra toda clase
de límites, fronteras y particiones,
articular
acciones contrapuestas
con el deseo de construir un mundo
ordenado sobre la belleza del desorden,
insistir
sin claudicar,
como alguien que no deja de caminar
y se pierde entre sus pasos,
avanzando, retrocediendo,
andando en círculo,
reconocerse
en la pérdida
hasta dar con el secreto
que custodian las aves de paso,
los pasos fronterizos
y los hombres que en silencio
pasan de largo.
En malpaís
el frío arropa la noche del testigo.
VIDA
Ser cruce en el sendero,
punto de fuga, ala que
al doblarse sostiene la caída.
Vivir es abandonarse,
abrir paso al desaliento
en el que resiste la plenitud de la nada,
pensar en una soledad lacustre
y sin regreso, liberarse
de la biografía al desertar
de ese país imaginario
que es el pasado, soltar lastre,
vencer la gravedad al tocar la luz,
estriar el cuerpo o la dirección
y retratarse en un marco vacío
suspendido en la pared,
sostener con la mirada
un mundo que
se abisma
o perforar un pozo donde aguardan
las palabras que han brotado
para estar solas,
calmar la exigencia
de ser alguien.
Vivir es perderse
en el corazón pedregoso
del adentro,
caminar sin estrategia
y sin un objetivo trazado,
como quien hace mucho tiempo
que ha renunciado
a marcar sus huellas
sobre el sendero, respirar
en el espacio que se abre
entre la pregunta y la respuesta,
escribir sin escribir
o transformarse en un texto rupestre
que pueda leerse bajo la lluvia,
a la intemperie,
demorar el relato
que ha de sellar
la piel rugosa y áspera
del acontecimiento.
Vivir es ausentarse,
desaparecer como quien
anochece entre las nubes,
se olvida de sí mismo
y se lastima al tropezar,
derrumbarse al romper el equilibrio
entre hablar o callar algo,
anidar como un pájaro
que aún se sostiene
entre las ramas de los árboles
al calor de una mudez
persistente y lacerada,
activar las células del frío
en la oquedad del páramo,
encontrar un lugar
donde nada quepa
en ningún sitio,
todo se borre al pasar
y un hombre
no sea más que un hombre
al acostarse sobre
la luminosa piel de la devastación.
Ser un anónimo,
el nombre de nadie, el sello
más extraño y más seguro.
GANAR
LA PÉRDIDA
Curar
la ausencia,
salvar
su imagen sin violentar
la
levedad tibia de su hueco,
restañar
la herida abierta
por
la grieta que da paso
al
lugar en el que se pulveriza
la
belleza que sangra en la mirada,
el
bancal en el que los muertos
abrazan
a sus deudos
hasta
casi sostenerlos.
Calar
la verdad que ha de llover
como
quien irriga
la
negra flor de la conciencia
de
una muerte que anuda
el
final con lo que precede al comienzo,
ese
instante abonado
de
estupor y soledad,
sin
saber qué está por llegar
y
sin dar contenido
al
compás de espera,
como
quien sin sentido ni perspectiva
se
sume en una Nevski vacía.
Abandonar
sin cerrar,
concluir
sin terminar
y
lograr que la extensión
se
transforme en hondura,
finalizar
sin sellar o sin quebrar
el
labio de una nube al caer.
Dejar
de hablar, interrumpir
el
curso de la escritura
y
despejar el cauce de ese silencio metálico
que
respira ante lo innombrable
sin
darse por vencido.
Mantener
abiertas
las
claraboyas del pensar,
las
tranqueras que dan acceso
a
la casa de la lluvia y el ser
humano.
Avanzar
hacia dentro,
adentrarse
en el afuera,
ganar
la pérdida.
Alfredo Saldaña. Sanar la herida. Huerga & Fierro Ed. 2025

