documentos de pensamiento radical

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martes, 18 de agosto de 2020

BESO

 


Junto al paseo

chocan las olas.

Saben a sal los labios


Cristina Liso

domingo, 16 de agosto de 2020

AQUÍ VIENE LA GENTE DE GRIS




Here Come the people in Gray
The Kinks


The Kinks atronaban Unreal Reality
cuando me presentaron al señor Buda recién llegado de Holanda
impreso en un cartoncito troquelado
que parecía un sello de los playmobil.

Puede llevaros al centro del mundo, dijo D,
a su mismísimo ombligo.

Esa casa es tan grande
que llega a las nubes,
tiene cientos de ventanas
para que la gente pueda mirar
y se pregunten de qué va todo esto.

No había terminado de decir aquellas palabras
cuando ya habíamos llenado un coche de buscadores de oro
y las luces estroboscópicas dieron paso a una danza silenciosa de serpientes
que me subían por las piernas y se enroscaban en mi cuello
hasta que una constrictor abrió la boca y me tragó entero
para después escupirme de nuevo en los lavabos de la discoteca.

M conducía, para nuestra tranquilidad
su voz acuosa nos dijo que no había tomado nada,
pero su conducción errática,
las direcciones prohibidas que iba comiéndose una tras otra
y un adelantamiento a un tractor que duró horas
me decía que no podíamos fiarnos de ella.

Llevábamos dos bolsas de hierba, pirulas de todos los colores,
tripis, hongos, varias papelas,
botellas variadas de güisqui, ron y vodka,
parecíamos representantes de la casa Sandoz & Down Chemical.

Habíamos hecho la recolecta el día anterior,
provisiones para un viaje que incluía subir al norte
y bajar por la costa mediterránea.

Cuando se hizo de día
el coche estaba clavado en la arena de la marisma
y un tractor, el tractor que habíamos intentado adelantar toda la noche,
estaba intentando sacarnos de allí.

Tomamos la autopista.
U se turnaba al volante con M.
U siempre estaba en forma, seguro, certero.

Después de parar a comer F empezó con las rayitas,
decía que estaba muy tenso.
D le encendió una pipa,
yo puse la cinta de los kinks

los héroes de celuloide
jamás sienten dolor,
los héroes de celuloide
jamás mueren de verdad.

U tenía muchos contactos
así que un par de veces al año íbamos de gira poética

-comida gratis, sabiduría total, cobertura ilimitada, decía D
de los viajes organizados por U.

Poco antes del atardecer llegamos a Ávila,
las serpientes habían dejado paso a las sanguijuelas
y cuando estas terminaron conmigo
estaba ante un gélido edificio de una orden monástica
en donde, por lo visto, tendría lugar el encuentro.

-Ahora control absoluto, dijo F.

Pero íbamos tan pasados que la organizadora nos caló al minuto
y nos quiso echar de allí.

-No quiero borrachos entre mis feroces, dijo la domadora de poetas.

No merecía la pena echar más leña al fuego de aquellas vibraciones extrañas,
así que salimos con alivio de aquel sitio decorado para su propia psicodelia,
lleno de aristas, de cuadros de santos
y niños quemándose en las hogueras del infierno
porque habían pecado mucho.

-¿Ganaron los nazis? ¿Esto qué es, el cuarto Reich?, soltó U.

Ocho horas después, a menos de mil bajo cero
aún estábamos buscando el último garito abierto de la ciudad.

Entramos en una fiesta ya agónica
que a lo mejor tiempo atrás había sido privada
preguntando por farlopa, pastis, lo que fuera.

Después de unos tensos minutos
nos informaron de que aquello era
la fiesta de graduación de la última promoción de la Guardia Civil.

Decidimos volver a la tumba, junto a Santa Teresa.

En el casette, los Jefferson Airplane cantaron White Rabbit
y nuestra mente empezó a moverse con lentitud.

-Estamos escribiendo sobre lo que sentimos,
¿por qué nos opondrán tanta resistencia?, dijo D.

-Hablamos de la explotación, de las drogas y de la guerra
porque ese es el mundo real donde vive la gente, dijo U.

-Debemos estar unidos, es nuestra única oportunidad, atiné a decir
antes de que todo se fundiera en negro.

Despertamos en una gasolinera
y prometimos solemnemente, delante de la manguera del surtidor,
que siempre estaríamos juntos.

A mediados de los años noventa
éramos lo único que estaba pasando en poesía en este país de mariconas.

Desde Huelva, desde Asturias, desde Madrid, desde Valencia
habían empezado a saltar chispas de una nueva superconciencia
y todo lo que hacíamos sentíamos que estaba bien,
estábamos ganando, era una sensación real, tangible,
estábamos allí y estábamos ganando.

Años después sigo sintiendo que es así,
que nuestra energía prevalecerá,
que nuestros rastros no se perderán,
que otros avanzarán sobre ellos,

que tal vez un día no muy lejano,
cuando la realidad ya no sea un paquete en la estantería del supermercado,
nos volveremos a juntar para reír,
como aquella fría mañana,
saltando en pelotas delante de las olas,
solitarios y juntos,
hombres y mujeres entrando en el mar
para limpiarse el gris del mundo
mientras King Crimson vuelve a cantar desde el coche
nuestro
Epitafio.


Antonio Orihuela. Esperar Sentado. Ed. Ruleta Rusa, 2017


sábado, 15 de agosto de 2020

247 DE LA CALLE LÓNDRES (Coyoacán/México)



Allí estaba mi estancia,
en tu patio añil:
despacio adentré
tu casa solariega.

Paseando bajo árboles,
entre sombras,
abrazando tu memoria
en los tiempos.

Allí,
mirando colarse la luz
sobre tu silla,
entre cortinas,
tras cristales,
quebrando al sol,
para penetrar tu cuerpo.

Pasos circulares fueron antesala
en la plaza de los lobos,
preámbulo del retorno,
a tu refugio azul,
posada de memorias.

Cada plato pegado en tu cocina
centellean extendidos,
por suelos, mesas y fogones,
retratos visten tus paredes,
y traen soledades perdidas
en el bosque de tus tiempos.

Azul tu casa
y cerúleas tu vida y la mía.


Ivonne Sánchez-Barea. Rituales "paganos". 2018

viernes, 14 de agosto de 2020

ESTÁBAMOS MEZCLANDO ALCOHOL Y COCAÍNA



Estábamos mezclando alcohol y cocaína porque nuestros amigos enfermaban
y se morían
como ocurrió antes con padres, abuelas, vecinos
como ocurrió antes con los ancianos del barrio
los que poblaban los bancos de madera al lado del contenedor de basura y pelaban pipas con la dedicación de los orfebres
todo aquello del incendio interior la autodestrucción las noches llenas de lagunas los gritos también las carcajadas rompiendo mandíbulas los secretos en voz baja dentro del cuarto de baño la música altísima las ventanillas del coche bajadas los vasos rotos por el suelo la necesidad de besar otros cuerpos sin importar edades ideologías ni siquiera rostros bonitos a la luz de la luna todo aquello del incendio interior
sucedía
ahora lo sé
por la cercana presencia de la muerte y el pensamiento constante de sabernos fantasmas en un mundo de ausencias
en un sistema donde ninguna sobreviviría
así que por lo menos
por lo menos
estábamos dejando que la cabeza volase hacia otros lugares donde por momentos dejábamos de ser hijos de la precariedad el desconsuelo herederos de todas las barreras y las lamentaciones estábamos mezclando alcohol y cocaína en el maletero de un coche azul oscuro cuando alguien dijo
mañana me dan los resultados de la biopsia
pienso llegar sin dormir




Ángela Martínez-Fernández. Huracanes en la periferia 

jueves, 13 de agosto de 2020

2 poemas de HURACANES EN LA PERIFERIA de ÁNGELA MARTÍNEZ-FERNÁNDEZ




las amas de casa
empiezan a hacer la comida
a las ocho de la mañana
como un ritual
que se prolonga
casi
hasta la cena
son las once aquí en el poema
y huele a lentejas
a caldo de pollo
a guiso
desde cada ventana
se percibe
con varias horas de antelación
la dieta semanal
de los vecinos



***


He visto encenderse las luces de la galería

he pensado en
cuánto esfuerzo le costó a mi madre
reunir dos mil euros para pagar
con un sobrecito blanco entre las manos
mi primer coche: un Hyunday Getz color azul
de segunda mano
sin aire acondicionado
cuántas veces tuvo que cobrar mi madre
su pensión
para alcanzar a pagar el coche
para darme aquello que me permitiese
sortear las fronteras del barrio
los trayectos infinitos dentro del autobús
cabezas apoyadas contra el cristal
traqueteante
los brazos puestos en cruz sobre bolsos y mochilas

He visto encenderse las luces de la avenida
he escrito esto para no olvidarlo
he pensado en

el esfuerzo de las madres
en
el sacrificio constante
por financiarnos las maneras de huir
del destino en que nos parieron





Ángela Martínez-Fernández. Huracanes en la periferia 
Fotografía de Carmen Lourdes Fdez. de Soto

miércoles, 12 de agosto de 2020

FUE ENTONCES



Fue entonces
cuando miré al pájaro
y su manera de tomar el sol
con los ojos entornados
cuando pude comprender
lo que allí sucedía
mi impulso por codificar
hacer legible
la fatalidad de los hechos

un correo de la oficina de empleo
solicitando mi presencia
en los cursos de maquillaje y peluquería
una despedida
una separación tras
seis años de relación
la vuelta a casa de mi madre
con un pedazo de
diazepam en el bolsillo
miré al pájaro
la forma neurótica de abrir
el pico y los ojos
al menor ruido

cuando pude comprender
lo que allí sucedía
mi impulso por escribir
todas las formas de tristeza
depresión o fracaso
antes de abandonarme
a la desaparición más absoluta
la que sucede
dentro
de nosotras mismas

fue entonces
cuando la escoba cayó al suelo
y mi madre salió al balcón
para encontrarnos
al pájaro y a mí
tirados boca arriba
como seres inertes
sin más propósito que recibir el sol
y la picadura de las abejas
que llegan al barrio
cada mes de febrero

abejas que
agujerean los tejidos
más finos de la piel
y envenenan el cuerpo
evitan que pueda dormir
salvo si tengo
dentro del puño
en el pliegue exacto de la mano
un puñadito
de antidepresivos
que hace un efecto superior
a cualquier mensaje taciturno
de un amigo diciendo
“estoy aquí cuando lo necesites”
sin saber que el tiempo
de las rupturas y las enfermedades
que el tiempo del regreso
a la casa materna
es una masa pegajosa
que todo lo succiona y todo lo necesita

por eso
fue allí
en ese preciso momento en que
el pájaro y yo
tomábamos el sol en la terraza
cercanos al melanoma animal
cuando pude comprender
lo que sucedía:
estábamos
por dentro
vacíos
huecos como muñecas rusas
como cuencos
como cajones flamencos
golpeados por gitanas
en aquella tarde de febrero

al son de las palmas
que sonaban
el pájaro se despertó
y volvimos a fingir
que éramos capaces de volar
dentro de un perímetro acotado
en el balcón de mi madre
que era y no era mío al mismo tiempo
como el hueco
como la náusea que me recorre
a todas horas
y me convierte en fantasma


le prendieron fuego a una mujer en el barrio
justo al lado
de la cabina telefónica que no funciona desde hace más de diez años la cabina en la que cada tarde al ir hacia el colegio metíamos los dedos con fuerza deseando encontrar monedas que luego perdíamos entre las costuras del pantalón llevaba puesta una falda
o eso dicen
los vecinos
la madrugada en que le prendieron fuego a una mujer en el barrio la madrugada en que dos jóvenes agarrados a la moto creyeron ver un fantasma una llamarada que gritaba pidiendo auxilio esto es por la coca dijo uno de ellos por los líos de la droga no deberíamos meternos en problemas justo al lado de la cabina telefónica
la mujer convirtió el llanto en un aullido y la luna se cayó de pronto
el barrio quedó a oscuras

ella
convertida en faro


Ángela Martínez-Fernández. Huracanes en la periferia



martes, 11 de agosto de 2020

OTOÑO




Otoño
caen las hojas
pero bailando


Antonio Orihuela. Campo Unificado. Ed. Olifante, 2019