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domingo, 12 de julio de 2026

3 poemas de LA NOCHE DEL NIÑO de SALVADOR GARCÍA FERNÁNDEZ

 


LAZARILLO

 

No hay lenguaje humano que traduzca tu bondad.

Todo el amor y egoísmo de tu rastreo

era de un asombro anterior a la palabra.

El niño estaba más cerca de ti que de los hombres,

aunque cuando tú naciste el niño ya se había ido.

Te convertiste en el camino de regreso a casa,

perro-umbral de la infancia.

 

Ahora, cuando la mañana

retira a la carretera

su sábana negra

y deja a la vista

animalitos atropellados

me duelen a través de ti.

 

El limo de tu tiempo de marismas

se tragaba tus carreras,

ibas camino de la isla de mis muertos.

Al llegar cerré tus ojos.

Desde entonces veo menos.

 

 

 

 

PARAÍSO PERDIDO

 

El paraíso siempre está enfrente.

Cuando cruces al otro lado

lo verás en la orilla que dejaste atrás.

 

Un día el mar me dijo que no saldría.

Si alguna vez te atrapa el limbo

de una resaca atlántica

no luches. Esa es la paradoja.

En un instante inesperado oyes un crac

y la grieta se abre. La luz de tu tiempo

se derrama a uno y otro lado.

Ya no estás en ninguna parte.

 

Pensé en dejarme ahí para siempre,

morir desnudo en el mar del que nací

era un cierre demasiado hermoso,

pero la mirada verde que amo

aún nadaba conmigo.

«No es el día de disolver

nuestros nombres en el agua».

 

Entonces vi la orilla imposible

y tuve la primera visión del niño,

pero no estaba en su lugar

sino en la playa del terror climático.

Paraíso paraíso dice el mundo

y cuanto más lo repite menos es mi casa.

 

Cuántas cosas se piensan

cuando se piensa en lo inevitable.

Tanto amor para no saber amar

y tanta fuerza tiene que

no fue nada extraordinario

salir de allí

que el día siguiera

como antes de aquel baño.

 

El destino nunca es el paraíso

sino volver a casa.


 

 

CUANDO HABLO DE MÍ SOY OTRO

Tú estás en un lugar que ya no existe

en una noche de Reyes como esta

qué átomos de ti residen en mí—.

O será que el futuro va detrás,

mano invisible me empuja al pasado

y empiezo a distinguirte.

 

El otro, mi niño de amor asilvestrado,

con piedras y visiones sin nostalgia.

La ilusión es negra, bien que lo sabes,

y en nuestro silencio siempre está el mar.

Echaste raíces en otros cuerpos

y te inundó el caudal de lo desconocido.

Llegado el momento comprendiste

que ya nunca serías plenamente feliz.

Ay, pero la ternura cuántas cosquillas me hace

con sus caricias de bondad o deseo.

Casa caliente, campana de risa.

 

Todavía las llamas

seguirán ardiendo en algún lugar

abandonado. Isla de palabras

alambre de la belleza intuitiva

para ser uno más en un mundo de muertos.

Quería decir cuerdos. No. Quise decir muertos.

 

Suplico en el laberinto del tiempo,

yo que soy cuanto pudiste aprender,

cómo saco el cristal de mi garganta

que me impide cantar porque cada amanecer

es un hijo que muere antes de haber nacido.

 



 Salvador García Fernández. La noche del niño. Ed. Huerga & Fierro. 2026

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