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miércoles, 11 de enero de 2023

Paramilitar por Ska-p

 



Ska-p fue mi Enrique y Ana. Qué le vamos a hacer. Yo venía de escucharme el heavy de extrarradio en vinilos de herencia. Allí estaban Sangre Azul, Ángeles del Infierno y Sátira; a cuyos rizos de peluquería imitaba mi hermano mayor para escarnio de la vergüenza ajena.

Él venía de los Scorpions, Bon Jovi y los Europe. Mi hermano Abel de Joe Satriani, Steve Vai, y un poco Judas Priest y Deff Leppard. Quien nació en la familia numerosa de los 70 sabe que los hermanos eran padres de cercanía, quienes abrían la flor del beso y la cerveza. Quienes enseñaban la pedrada y el petardo, el triple y el timbral.

Mis hermanos me enseñaron la greña del heavy que fui peinando con rock de Reincidentes, Porretas, y Boikot. Saúl, tercero en salir, era hermano de habitación. En las casas de familia numerosa se van llenando huecos según se nace y cuando llegué yo, me acoplaron a su bondad para compensar.

La melomanía vino por inercia porque siendo cuatro brodels no había tiempo para hacer caso a las heridas de nadie y se gastaba más en rodilleras que en Mercromina.

Ska-p vino después, seguramente en el instituto, seguramente por la cercanía con Vallecas alguien le pasaría la cinta a alguien y alguien me la pasaría a mí. Entonces existía un prurito por descubrir música. En mi ambiente había ganas de decir “¿No has escuchado a...?” para tirártelas de enterao. La intelectualidad adolescente se medía en tías, viajes y música. De lo primero siempre poco, de lo segundo en las casas obreras nada, así que me conformaba pegándole vueltas al Bic para rebobinar a los Ska-p. Eran los tiempos del Gato López y el sacayalachinatron.

La fiesta de los vallecanos compensaba mis lecturas. Andaba ya con la mirada torcida y leí Del inconveniente de haber nacido de Ciorán sin pasar por la casilla de Julio Verne. Del aburrimiento infantil de Astérix al Breviario de podredumbre con los que fui consolidando un agujero blanco de escepticismo.

La responsabilidad es una planta que se riega como si fuera un espejo. Con el porro adolescente se pusieron las cosas broncas, hasta que cambié el hachís por la marihuana y entré en la edad adulta del autoconsumo. Mi hermano mayor era mi padre, al que le gustaba verme escuchar Ska-p por combativos y por vallecanos. Por eso fui a la tienda Tipo de la Avenida de la Albufera y me compré el Eurosis donde Paramilitar me sentó como un tiro. Hacía poco que el subcomandante Marcos, había puesto el pasamontañas encima de la mesa para darle cara a la pobreza. Los rojos de Dominical acudieron a la foto/faja de la selva. Por allí estuvieron Montalbán y Saramago. Gabo se encontró con Aureliano un buen día, y resulta que llevaba un fusco en ristre. La soledad mira a través de su pipa y firma en la selva de Lacandona. Paramilitar es la canción de Los Nadies de Galeano, es Roque Dalton y hasta un poco Wade Davis. Hoy, si la cantas, te persigue Facebook y te echan de Podemos.

 

Jonás Sánchez Pedrero. Trilogía 59. Ed. Ediciones del Ambroz, 2021.

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