para Eladio y José Manuel, maestros albañiles
No hay dulzura en el capitalismo,
no la anuncian
un ejército de corbatas,
una fila de apartamentos en primera línea de playa,
un pueblo asustado, una caja registradora,
un ombligo obnubilado por el espejismo de sí mismo.
No hay dulzura
en la producción sin límites,
en el consumo sin límites,
en la bulímica indigestión de la abundancia
sin límites.
No hay dulzura en la línea de control del aeropuerto,
en el chaleco antipersonas de la policía,
en los escaparates de humo de la calle Serrano,
en los altos despachos de la mediocridad caníbal.
Todo en el capitalismo trabaja contra la dulzura.
Escribo para que no nos hagan pasar lo amargo por dulzura,
escribo para que la dulzura no desaparezca
como desaparece todo lo que no genera beneficios.
Sin dulzura, ¿cómo hará el albañil una buena casa?
Escribir sobre la dulzura huele a despropósito
cuando tendría que escribir sobre las catástrofes,
pero qué le voy a hacer
escribo porque reivindico la dulzura
desde un bajo interior entresuelo sin luz
y un bozal de premio,
por no querer tocarle las palmas
al capitalismo.
Escribo
para que lo amargo
no se confunda con la dulzura.
Antonio Orihuela

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