A Almamar y todas sus Difuntas Correas
La santa murió deshidratada
cruzando el desierto sanjuanino
detrás de su amado
con un hijo a la teta.
Cuenta la leyenda que bajo
la sombra de un algarrobo
desfalleció
con su hijo en brazos.
El bebé,
––¡bendito instinto de supervivencia!––
mamó de su madre
muerta
––canibalismo legítimo––
hasta que lo encontraron
unos arrieros.
Trenzas cortadas,
piernas ortopédicas,
fotos, cartas de amor,
matrículas de coches,
cintas de colores colgando del techo,
flores de tela
con el color comido
por el polvo.
Y botellas de plástico
llenas de agua;
cientos de ellas,
apiñadas.
Todo para honrar a
Deolinda Correa de Bustos,
que fue claro ejemplo
de lo que salva la teta,
de lo que muere
cuando no le das
agua.
Esther Mañoso. Tanque de tormentas. Ed. Cuadranta, 2025

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