Esta película demuestra la influencia del cine negro americano en
la cinematografía española que comenzaba a salirse del pan y vino para
emular el gangsterismo en plan cabarete. Algunas escenas de Rififí recuerdan
las ilustraciones de Daumier (que tan bien describió Solana en su Madrid
Callejero), pasado por el lujo blanco del cine negro. En el fondo, abriendo
plano, se podía ver una coja.
Rififí es un nombre de
posguerra, de tebeo del Guerrero. Es un nombre de cuento para niños con
estética de Orson Welles. Era el particular homenaje de Jesús Franco a la Sed
de mal que le había traído América. Cuando vino Ciudadano Kane a
rodar a España y pidió un ayudante de dirección españolo le mostraron Rifífí
y dijo que éste. Lo del ayudante de dirección es como el segundo entrenador
del fútbol, alguien de la casa que te diga donde está el baño y quién es el que
pasa la farlopa. Jess Franco era el Karanka de Welles. Lo que pasa es
que Mou era lo contrario a una obra maestra, era el maestro de lo
caduco, que en fútbol se llama cerrojazo.
El protagonista es
Fernando Fernán Gómez que entonces hacía de galán, porque no había otra cosa, y
porque la voz (en esos tiempos de radio) era la mitad del personaje. El timbre
marca hasta el punto de que hay actores, como Fernando, que actúan con la voz.
El cine mudo tenía la ventaja de que Gracita Morales podía hacer de tenor con
la misma soltura que María Callas. Y Juan Diego cantar como Joselito, pero con
la llegada del sonoro, comenzó la criba. No sólo había que interpretar con la
mímica también con la fonética.
Y aquí salta la paradoja
de cómo la voz se impone al gesto. Pepe Isbert tenía la palabra rota de la
cantina franquista, del abuelo tasca y cebolleta que diga lo diga se le perdona
por verde y por abuelo. Rafaela Aparicio era Pepe Isbert en mujer. Sanchopancesca
de cuerpo y grisura de tono, como quien ha pasado muchas gripes curadas con
miel y cognac. Rafaela Aparicio era la abuela del franquismo, aunque
tuviera cuarenta años. Hay gente que nace abuela, como las solteras de Gila.
Steven Spielberg creó el personaje de Tangina Barrons, la medium de
Poltergeist, pensando en la actriz de El extraño viaje. Zelda
Rubinstein parece la hermana mayor de Rafaela, con su voz afeitada, su ojo en
vigilancia y su papada hurdana. Juan Diego ha vivido lo que ha bebido. Por eso
se le rompió el genio a base de whisky y se le quebró la palabra, lo que le ha
dado papeles y le ha quitado decencia. La borrachera también es un arte y Juan Diego
interpretaba a Bukowski ebrio para disimularse. El dipsómano suele ser tímido,
por eso bebe y esconde su amargura encogida.
La voz es el estilo
literario del actor. Por eso el gato nos entiende si le hablamos con cariño y
no se asusta por mucho que le amenacemos con las garras de nuestro juego.
Sabemos que su maullido es una petición de pienso o de libertad sin necesidad
de que nos acaricie el plumero de su rabo. A veces esa gestualidad excesiva nos
incomoda por innecesaria. El canario canta y en su trino reside su condición de
pájaro. Poco nos importa ya que vuele. El canario es una voz encerrada en una
jaula que se muere con el grisú del silencio.
Concha Velasco es
nuestro Fernán Gómez. Gente a la que el oficio ha ido dando presencia y
prestancia y convertido la voz en un barro maleable que lo mismo truena que
trina. A Fernán Gómez se le recuerda por su libro sobre el mineralismo que
tituló “A la mierda”. A la Cruz Roja en España se la llama Concha
Velasco (y a un bar de Ávila también). Por eso ver a Paco Rabal haciendo de Azarías
y de Juncal nos enseña cómo un actor puede ser Robert de Niro sin
salir del NODO ni más tragedia que ser el padre de Teresa Rabal, la del
circo ese de los niños.
Esto de currarse el
falsete le ha ocurrido al Quasimodo de El nombre de la rosa, a Joselito,
Mickey Rooney, Marisol y Chaplin. Es más creíble maquillar
a Torrente y convertirlo en El gran Vázquez que darle dramatismo
a la voz de Eduardo Gómez. Ahí están Santiago Segura y Carlos Areces. Por eso
Manuel Aleixandre estuvo siempre de bodegón en el cine, de atrezzo secundón,
porque nadie aguanta una voz entrecortada una hora y media. ¿Quién escucha al
abuelo más de diez minutos sin cansarse? Dices tu de mili. Por eso Elsa y
Fred no resulta. Se agradece el gesto, pero no cuaja. Darle un protagonista
al secundario es cargarse al protagonista y al secundario porque hay
guitarristas acompañantes que no hay forma de que hagan un solo, porque no
tienen técnica y porque se pierde base rítmica. Ser secundario es principal.
Antonio Dechent: otro ejemplo de voz tabaco.
Jonás Sánchez Pedrero. Trilogía 59. Ed. Ediciones del Ambroz, 2021.
Buen texto. Afirman los entendidos que el tono de voz y la modulación transmite un 70% del mensaje y que el lenguaje corporal (incluyendo los músculos faciales), el 25%, de modo que tanto a un actor o actriz como al resto del mundo, nos queda un exiguo 5% para intentar transmitir lo que queremos decir y, en el mejor de los casos, conseguirlo.
ResponderEliminar