En la calle Granada,
cerca de Atocha, mi colega Alejandro se mueve por el piso como un Raskolnikov
moderno. La ropa tendida en el salón, las puertas de las habitaciones cerradas.
Hablamos, me cuenta novedades, historias de piso compartido, memorias de
barrio. Seguido, saca una guitarra barata y toca algunas canciones. Continuamos
charlando mientras me voy comiendo galletas verdes mojadas en café, le ofrezco
y rechaza con un gesto. Después, en la calle, el calor del asfalto y el tráfico
agitado. Sobre los coches hay anuncios de papel con mujeres de saldo, todo el
mundo tiene prisa y yo me siento rodeado. Vamos atravesando la Gran Vía hasta
Callao, la mezcla de cafeína y maría me va atrapando. Él me va guiando hasta un
local en el que tengo que actuar esa noche, yo, por debajo del ruido de
ambiente, casi en susurros, voy cantando; recuerdos
del pelo largo…
Antes de entrar, cenamos dos bocadillos en silencio en una tasca acompañados de toda una jauría de teenagers que van achicando minis y cubalibres. Cuando llegamos al local estoy tan colocado de thc que paso ralentizado al lado de la gente. Todas las caras me parecen conocidas. Me siento en mi sitio y miro la hora, las agujas del reloj parecen no haberse movido y todo va muy lento. Floto como un astronauta ingrávido y, mientras me presentan, no puedo hacer otra cosa que reírme. Como iba diciendo; en la calle Granada, cerca de Atocha…
Javier
Perales Valdés. En: Absenta Poetas. nº 29. 2021
Gracias Antonio.
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